DESBASTAR LA PIEDRA BRUTA

 Durante la ceremonia de Iniciación, inmediatamente finalizada la instrucción que el aprendiz recibe del hermanoTALLADORESs Experto, el Ven. Maestro le ordena realizar su primer trabajo sobre la piedra bruta. Es conducido entonces al pie de las gradas del Oriente y el experto le hace poner la rodilla derecha sobre la primera grada, le da un martillo y un cincel y le enseña como golpear la Piedra Bruta por tres veces. Todo el trabajo del primer grado esta condensado en este pasaje de la ceremonia de Iniciación que, como cualquier otro momento del ritual, contiene en sí mismo la instrucción de qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo y nos da material suficiente para la reflexión y modelo para la acción. Además del simbolismo que contiene, es claro y rotundo el mensaje:

  • Hay que hincarse sobre la rodilla derecha, es decir, hay que doblegar nuestro orgullo, como primer paso en el ascenso por las gradas del conocimiento.
  • Hay que replegarse sobre uno mismo, casi en postura fetal, comenzando por el principio.
  • Hay que aislarse de lo que constituye el mundo exterior, de espaldas a occidente. Nuestro trabajo ha de estar orientado hacia nuestro firme propósito, mirando a oriente.
  • Hay que concentrar toda nuestra atención en la piedra, dándole a este trabajo una prioridad absoluta.
  • Hay que usar el Mazo y el Cincel, la fuerza y la sutileza, la voluntad y la inteligencia, nuestra mano izquierda y nuestra mano derecha.
  • Y hay que golpear por tres veces, hay que visitar los extremos, la polaridad, antes de encontrar el punto de equilibrio. Este es el trabajo básico del masón, el acto primordial sin cuya ejecución ninguna otra promesa de realización puede hacerse efectiva.

No puede ser sustituido por ningún otro trabajo físico o intelectual y es la puerta en gesto y en escena de la máxima CONÓCETE A TI MISMO, lo que no puede lograrse más que en el interior de uno mismo.

Published in: on 10 octubre 2009 at 4:31 pm  Dejar un comentario  

PODER Y CRECIMIENTO

Por Demolay PODER

El hombre crece de muchas maneras y transita por la vida enriqueciéndose de diversas formas. Regularmente suele verse al poder como una meta final de la existencia y no como un medio para crecer y hacer crecer a los demás. El poder —entendido según la Masonería— es y debe ser un medio y un mecanismo para servir y para generar las condiciones que permitan que los demás alcancen sus propias metas con miras a su crecimiento personal y social. El poder debe condescender construir el edificio social que la Masonería proclama, pero antes, para que éste edificio o Templo tenga sentido y afianzamiento, debe el hombre construirse así mismo conforme los Planos Superiores que el Gran Arquitecto del Universo ha trazado para el bien de la humanidad.

La Masonería busca y procura un poder. Quiere nuestra Orden que el hombre sea poderoso, quiere que este poder sea trascendente y que alcance y consiga la transformación del mundo para poner orden ahí donde impera el caos. Pero ¿qué clase de poder anhela la Masonería? En primer término, habrá que deslindar los tipos de poder con los que la Masonería no casa. Por ejemplo, el poder económico. Aunque es deseable que la Orden posea los medios necesarios y suficientes para allegarse de recursos útiles para cumplir con sus fines institucionales, lo cierto es que el dinero por sí mismo no constituye un ideal en la esencia del pensamiento masónico.

La Masonería no es para ostentar las vanidades del mundo, la Orden no quiere sino honor, virtud y talento. Los símbolos de poder económico no representan el medio deseable para lograr la transformación interna del hombre. Asociado al poder económico se tiene al poder político. La capacidad de influir en la voluntad de los demás ha sido también una de las grandes aspiraciones del hombre a lo largo de los tiempos. La historia nos da claras enseñanzas de cómo el poder político ha logrado subyugar a los pueblos, pero sobre todo, nos muestra como el poder político ha conseguido dominar la mente, el alma y el espíritu de los hombres. Si algo pone a prueba la naturaleza de la condición humana es precisamente el poder. El poder transforma al hombre haciéndole mostrar su verdadera condición, sus vicios, sus pasiones y sus raras virtudes. Se ha dicho, y con razón, que el poder corrompe, y que el poder absoluto, corrompe absolutamente. La Masonería enseña, por medio de sus liturgias, templos y trabajos, a dominar las pasiones e inculca a sus adeptos el arte real de dominarse a sí mismo.

La Masonería, respecto del poder, no quiere hombres fuertes, sino poderosos. Fuerte, conforme a la enseñanza oriental, es quien vence a los demás; poderoso en cambio es quién se vence a sí mismo. ¿Qué clase de poder demanda, pues, la Masonería? La formación masónica —filosófica, moral e iniciática— conduce al hombre a prepararse para el poder. Primero, el poder de dominarse a sí mismo mediante el ejercicio y desarrollo de su virtud. Luego, el poder de dominar a los hombres y a las cosas; más tarde, con pleno desarrollo moral y espiritual, el masón comprende que el poder verdadero y profundo no es el que nos dan los demás por medio de las urnas o del dinero y los negocios, sino el poder que emana del Ser, de la esencia del Ser. Se trata del poder espiritual que el masón adquiere a través del estudio de los principios, postulados y enseñanzas de nuestras liturgias; se trata del poder que se forma merced a la meditación y al pensamiento perfectamente dirigido a las causas nobles centradas en el principio de amarse los unos a los otros, conforme a las instrucciones del Galileo; preceptos como el de no hacer al otro lo que no queramos que se nos haga a nosotros mismos. Los cánones que la Masonería transmite a sus miembros por medio de la Iniciación son hálitos de fuerza y de poder, son las bases necesarias del servicio a los demás.

El poder que se nos da, incluso con el don de la vida, es un poder para servir; el poder del pensamiento, el poder de las ideas, el poder de una visión inspiradora y transformadora, el poder de creer y de crear, a partir de nada, el poder de un liderazgo basado en principios y en valores, son todos formas de poder cuyo único fin es el servicio. Y es a través del servicio como nos hacemos trascendentes y como logramos obtener una de las formas de la inmortalidad: la del recuerdo de las generaciones. Por ello, como bien dice nuestro Andrés Henestrosa: “No hay peor muerte que el olvido”.

El poder lo traemos consigo desde que nacemos, y es un poder divino de magnitudes inconmensurables. El raciocinio, el pensamiento, la imaginación, el amor y la fraternidad, con expresiones del poder real y efectivo que el hombre debe usar en su vida con responsabilidad y compromiso hacia los demás. Luego, el tallado constante de nuestra piedra bruta —nuestra propia condición del Ser— nos permite acercarnos al ideal de nuestro destino y de esa forma, la virtud —que es fuerza— nos hace grandes, nos hace poderosos y nos hace trascendentes.

Published in: on 25 septiembre 2009 at 2:11 pm  Dejar un comentario  

ASÍ EL CRISTIANISMO, ASÍ LA MASONERÍA

Por DemolayGADU

 S i bien la masonería no es una religión, para la mayoría de los autores anglosajones —e incluso para los masones efectivamente iniciados en el Arte Real— la masonería es religiosa. Por supuesto, aquí el término «religioso» va en el sentido de “religar”, esto es, de volver a unir lo creado con Su Creador, tal cual es la vocación del ritual masónico, elaborado no para simplemente “sesionar”, sino sobre todo, y ante todo, para lograr en los asistentes a los Trabajos de una Logia esa nítida percepción de la trascendencia espiritual generada por la magia del simbolismo y del propio ritual. El ritual masónico solo es magnificente cuando proclama la aspiración y el anhelo del hombre de unirse en espíritu y en verdad con Su Creador.

Decir que toda obra masónica esta dedicada “a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo” —los trabajos, las lecturas, las ceremonias— es reconocer que el trabajo masónico apela a la religación, y que el masón concientemente acepta el impulso espiritual que tiene de elevarse al Ser Supremo. Los masones que asumen la ritualidad y el simbolismo logial como una expresión y como una actitud espiritual, reconocen de inmediato que el significado masónico, real y profundo, apela una actitud religante entre el hombre y lo trascendente, entendido como una suprema manifestación de la Deidad, que en masonería se expresa como Gran Arquitecto del Universo. Todo el ideal iniciático —masónico y no masónico— supone que el operario busca y anhela fundirse de nueva cuenta con su propio origen; esto implica aceptar que “la parte” pretende fundirse con “el todo” y que “lo creado” demanda aglutinarse con Su Creador. El título de este paper no pretende, ni con mucho, emparejar cristianismo y masonería.

De entrada sabemos que sus formas y estructuras son diferentes, aunque sus esencias son similares. No obstante, a ningún cristiano dogmático le encantaría leer que tanto el cristianismo como la masonería conservan principios similares; el cristianismo, por contener verdades emanadas de la misericordia, el amor, el perdón y la conciliación entre los hombres. La masonería, por tener —nos guste o no— un origen cristiano, sobre todo si la hipótesis de su pasado templario no es rechazada.

La lucha masónica: una batalla perenne

La primera parte de la Iniciación pretende lograr la pureza del candidato que anhela la Luz de la Verdad. Tal dignidad supone el dominio de uno mismo, o sea, el control de las pasiones y de las formas irreales del mundo de las ilusiones.

En el lenguaje masónico se dice que un candidato debe aprender a dominar sus pasiones mediante el fortalecimiento y el ejercicio de la virtud. La virtud —de virtus, fuerza— es precisamente la energía que domina las pasiones y para que exista “ha de haber lucha”. Esta lucha esta dada por la pugna entre el bien y el mal, entre los vicios y los desenfrenos y entre las continencias y las mesuras. Los rituales masónicos definen el vicio como el “hábito de contentar nuestros deseos”; así, cada hombre que por hábito satisface sus deseos es un vicioso, y cada hombre que los domina es un virtuoso. Los símbolos masónicos que expresan esta lucha eterna son la Escuadra y el Compás. Bien sabemos los masones que nuestros símbolos asumen significados diferentes según la circunstancia, momento y lugar en que se ubican dentro del contexto logial. Cuando la Escuadra y Compás se contemplan como Luces Mayores en el marco ritual del Ara o Altar, entonces asumen un sentido perfectamente iniciático al expresar la contienda que ocurre en el interior del iniciado que aspira pasar de un estado de imperfección a otro de perfección espiritual. El iniciado busca transitar de la oscuridad a la luz, esto es, del occidente al oriente, o lo que es lo mismo, busca como Aprendiz pasar de la Regla a la Escuadra y de ésta al Compás. Así es como el Aprendiz se hace Compañero y el Compañero se hace Maestro. No obstante, es difícil entender las órdenes Templarias al margen de los conceptos cristianos, y una vez que los comprendemos, encontramos que cristianismo y masonería suponen una evolución del hombre conforme a la voluntad de Dios, Padre Celestial y Gran Arquitecto de Cielo y Tierra.

De la Escuadra al Compás

La Escuadra representa lo material, lo brusco, lo denso, las pasiones y los vicios. El Compás alude lo contrario: lo espiritual, lo fino, lo sublime y virtuoso. Por esta razón, los Trabajos en el grado de Aprendiz se abren con la Escuadra sobre el Compás, justo para significar que el recién iniciado apenas conoce la luz de la verdad —por lo que se sienta en el lado norte de la Logia—. En tal condición, el masón aprendiz vive en el mundo de las ilusiones y de la materia, adherido a sus vicios y pasiones. Poco a poco, su trabajo iniciático hecho con el Martillo, la Regla y el Cincel, va logrando que su estado de piedra en bruto se vaya puliendo hasta lograr la perfección. En el grado de Compañero, los Trabajos se abren colocando Escuadra y Compás interpolados, indicando así que tanto lo material como lo espiritual se hallan en equilibrio. El grado de Compañero es, por lo tanto, un grado de transición, proporción y ponderación en el que la sensatez ante la vida empieza a manifestarse como prudencia y cordura. Esto indica que las luces de la sabiduría empiezan a vislumbrarse en el lejano oriente a los ojos del iniciante en los misterios de la Masonería. El Maestro, por su parte, aparece como un grado masónico excelso en el que la maestría significa el dominio total de la inteligencia y del espíritu sobre las pasiones y sobre la materia, y por ello el Compás esta sobrepuesto a la Escuadra. El Maestro se enseñorea de sus pasiones y domina sus instintos pues ha logrado el ideal iniciático. Es ya un hombre sabio y observa el orden del mundo desde el oriente.

El Camino

Las enseñanzas paulinas suscritas en el Nuevo Testamento asumen que el cristiano que ha apropiado a Yeshúa, ha Mashíaj como su Guía y Salvador, esta dispuesto a luchar consigo mismo para alcanzar su salvación y su ingreso al Reino de los Cielos. Esto implica una lucha interna en todo parecida a la que libra el iniciado trabajando en las canteras. En la Carta a los Gálatas, Paulo escribe:

Andad en el Espíritu, y así jamás satisfaréis los malos deseos de la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu y el Espíritu lo que es contrario a la carne. Ambos se oponen mutuamente, para que no hagáis lo que quisierais.

Si bien el ritual masónico refiere lo vicios y las pasiones como aquéllos contra los que el hombre —el iniciado— ha de luchar, lo cierto es que tal referencia es genérica y cada masón habrá de imaginar los vicios y pasiones que más se vinculan con él. Paulo no escatima palabras y enlista con precisión aquéllos llamamientos de la carne que conducen al hombre a su perdición. Tales vicios y pasiones —las obras de la carne, en el lenguaje cristiano paulino— son:

Fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos, envidia, borracheras, orgías y cosas semejantes a éstas de las cuales os advierto, como ya lo hice antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de los cielos.

Un cristiano que se mantiene en El Camino es como un masón que se mantiene fuera y alejado del mundo profano. El Camino es como el Mundo Masónico: un mundo de virtud, espíritu y trascendencia. Así como el masón pasa del mundo profano al mundo masónico, así el cristiano pasa de las obras de la carne a las obras del Espíritu. En ambos casos existe un sentido de pase de un punto a otro, de un estado del ser a otro estado del ser caracterizado por la elevación y la sublimidad. Tanto para el cristiano como para el masón, la lucha interna que ambos libran —uno por alejarse de las obras de la carne y el otro por deslindarse del mundo de los vicios y las pasiones— tiene un corolario que es el hecho de mantenerse “en Victoria”. El masón logrará “la maestría”; el cristiano la salvación y su acceso al Reino de los Cielos.

Del Compás a la Cruz: el trabajo iniciático

El estado hirámico no es un estado distinto al estado Crístico. Para los masones, el estado hirámico es la consecución de un espíritu realizado que ha logrado trascender su propia condición inferior y tosca para, ulteriormente, alcanzar un estado anímico y emocional, espiritual y moral acorde con su destino, según los trazos elaborados por el Gran Arquitecto del Universo. El masón entiende que tal logro —su propia emancipación— no ha sido ajena ni ha estado exenta de la voluntad de Dios, porque no hay nada sobre la tierra que se encuentre desvinculado de la Creación Divina. Para el masón espiritualmente realizado, la soberanía de Dios en el orden universal es innegable, pues Él es Arquitecto y Constructor de todo cuanto existe. El trabajo personal e iniciático de un masón esta expresado como el dominio de sus pasiones y de su baja naturaleza y ha sido fruto del ejercicio de ciertas facultades que le han sido dotadas por Dios, Gran Arquitecto de Cielo y Tierra. Por lo mismo, bien aplica la sentencia de Santiago:

Toda buena dádiva y todo don perfecto provienen de lo alto y descienden del Padre de las luces…

Si bien las facultades instintivas, afectivas e intelectuales son un don divino, en tanto son dádivas del Gran Arquitecto, éstas sin embargo son ejercidas y fortalecidas con el trabajo y ayuda de las herramientas de la construcción que el operario va aprendiendo a usar en cada viaje de su vida. Lo que Dios nos da, nosotros lo fortalecemos con nuestra fe e inteligencia, con nuestra voluntad y compromiso. Pero también, lo que Dios da, Él nos lo quita —como a Job— y al hombre común —y con más razón al masón iniciado— le queda una muy clara conciencia de que su existencia en la tierra no es una casualidad, ni del destino ni de los átomos, y aunque poco a poco puede explicar el origen de la vida en las cadenas ADN, no puede explicar las causas últimas de su existencia. Por ello, un masón —más aún si es templario— comprende a cabalidad que su presencia en el mundo es obra divina, y por ello, su sentido del destino y de ulterioridad está definido por la Soberanía de Dios, Gran Arquitecto del Universo. En las órdenes templarias de la Comandancia el masón toma su Compás, su Cruz, su espada y su blasón y así pertrechado sale con las armas de la fe, la razón y la misericordia. Pablo, de nueva cuenta, en su Carta a los Efesios parece indicar a los Caballeros de la Fe su cometido cuando dice:

Por esta causa tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haberlo logrado todo, quedar firmes. Permaneced, pues, firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de la justicia y calzados vuestros pies con la preparación para proclamar el evangelio de la paz. Y sobre todo, armaos con el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad también el caso de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios…

Así, los templarios somos armados Caballeros; caballeros de fe y de paz, de justicia y de proclamación, pero también de lucha permanente contra nuestros enemigos más temibles: la ambición, la ignorancia, la hipocresía, las obras de la carne y la maldad, que son, en toda forma, vivas representaciones del maligno. El masón —como Caballero Templario armado en una Comandancia— lleva su Trulla, Nivel, Plomada, Escuadra y Compás de la misma manera que carga su Cruz, para caminar por el mundo venciendo los obstáculos que el conflicto moral le plantea durante su vida. El lenguaje profano de la Masonería francesa —inspirado por un racionalismo ajeno al espíritu iniciático y espiritual del Arte Real de Labrar la Piedra en Bruto— se apoya más en el discurso grecolatino para insinuar las enseñanzas de la moral más pura, que en las formas sublimes del lenguaje iniciático y vital. Esta moral indica que el hombre debe alejarse del mal y vivir en el bien, y ello significa que el operario del Arte debe trabar una contienda seria y comprometida contra sus deseos y pasiones. Si triunfa en esa batalla, saldrá libre de sí mismo y será fuerte no por vencer a los demás, sino efectivamente poderoso por vencerse a sí mismo. Habrá alcanzado entonces la victoria, la emancipación total, la plena libertad. Pero…

Published in: on 8 septiembre 2009 at 1:17 pm  Dejar un comentario  

LA TRANSMUTACIÓN MASÓNICA

TRANSMUTACIONPor Demolay

P ara los alquimistas materiales, la Gran Obra era la transformación de los metales groseros en oro. Para los alquimistas esotéricos o espirituales, la Gran Obra era y es el sabio manejo de los sentimientos, los deseos y las emociones para proporcionar al operario la sublimación de su alma y proyectarla a las esferas de la Divinidad. Para los Rosacruces, la Gran Obra consiste en convertir la cruz en Rosa Mística. Para los masones, la Gran Obra consiste en transformar la Piedra en Bruto en Piedra Cúbica o perfecta, de modo que ésta pueda ser acoplada en los Planos de Construcción del Gran Arquitecto del Universo.

En general, todo proceso iniciático no tiene otro fin que transformar a quiénes participan en él. La iniciación, ya sea vista en su aspecto ceremonial o ya como un proyecto de vida que culmina con la muerte, busca que los sujetos operantes experimenten cambios significativos de modo que modifiquen el sentido de sus respectivas existencias, que rectifiquen su percepción de la realidad y que sus conductas se orienten hacia las formas más elevadas de la convivencia humana. La paz y la espiritualidad emanadas de la experiencia interna son la natural consecuencia de la iniciación real y efectiva.

La masonería es una Orden iniciática debido a que centra su actividad no solo en una ceremonia de ingreso denominada «iniciación», sino fundamentalmente porque sus enseñanzas emanan del simbolismo de la vida y de la muerte, porque el progreso dentro de ella es gradual y conduce al sujeto a evoluciones internas que le permiten alcanzas estadios de conocimiento hasta lograr la perfección. Para la masonería, la Luz significa el “conocimiento de nuestros deberes hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes”. Y esta Luz es el resultado de una experiencia interna ciertamente transmutante que se inicia, simbólicamente, cuando el Experto nos prepara para la primera fase del ceremonial iniciático, nos venda los ojos, nos hace bajar a las catacumbas y escribir a la luz de una lámpara sepulcral lo que pensábamos de nuestros deberes hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes, para finalmente escribir nuestra “última voluntad”.

Cuando el Experto nos deja “ni desnudos ni vestidos” y nos despoja de nuestros metales y alhajas, nos está preparando para la siguiente fase del ceremonial iniciático, de modo que podamos presentarnos al Templo para recibir las pruebas del aire, el agua, el fuego y la tierra y enseñarnos el sentido de la moral masónica, centrada en el dominio de nosotros mismos por medio de la virtud y en el enfrentamiento valeroso de los avatares de la vida. El Experto nos sepulta en las entrañas de la tierra para enseñarnos que debemos morir para el vicio, los errores y las preocupaciones y vivir solo para la virtud. Nos puso ahí para que eternamente llevásemos en nuestra memoria que debemos socorrer física y moralmente a quien vive en la miseria, pues la filantropía es una cualidad inseparable del masón, ya que para él nada valen las riquezas comparadas al honor, pues los metales y las prendas engalanan ciertamente a los viciosos. Nos puso una venda y una cuerda, la primera emblemática de la ignorancia, y la segunda de que éramos esclavos de nuestras pasiones e instrumento de astutos explotadores.

Entonces, cuando hemos pasado las pruebas de la iniciación en el marco del bello, sublime y a la vez profundo simbolismo en que se nos inmersa, salimos de ella renovados, modificados, transformados, y por ello se nos denomina «neófitos», esto es: “Acabados de nacer”, pero sobre todo, adherido a una causa e incorporados a una Orden fraternal y de estudios que no persigue sino elevarnos a la altura de nuestro Creador. En masonería la transmutación consiste precisamente en eso: mudar o convertir algo en otra cosa. Se transmutan la materia prima para convertirla en bienes intermedios o finales, pero también se transmutan los hombres en sí mismos.

Los seres humanos estamos llamados a cambiar y a no ser siempre los mismos. Progresar y evolucionar son formas positivas del cambio. El cambio define la vida y la existencia de todo porque significa movimiento, acción, pensamiento que se transforma en acción. La educación es por sí misma trasmutante porque modifica a los individuos abriéndoles los ojos para que se despojen del fanatismo, la hipocresía y la ambición; la educación nos conduce del estado salvaje al estadio de civilización. La educación es transmutante. Las sociedades cambian, porque cambian los hombres y sus relaciones, y a menudo la causa más eficaz de los cambios es la educación y no las revoluciones ni la violencia.

El humanismo nos dice que si el hombre desea cambiar, cambia; si quiere dejar de ser piedra tosca para convertirse en cúbica, lo hace y lo logra. También nos dice que si las cosas las empezamos a ver de otra forma, cambian. Los hombres debemos liar los bártulos permanentemente, cambiar la casaca y ser otros hombres. Si nosotros cambiamos, cambia nuestra realidad. Hay seres que en el mundo viven en perpetua congoja, dominados por el desmayo, la fatiga, la angustia y la aflicción. Creen que el mundo se les viene encima y que no hay salidas adecuadas. Necesitan ver las cosas de otro modo, necesitan transmutar la percepción que tienen de la realidad por más oprobiosa que ésta sea, y seguramente estarán dando los primeros pasos para propiciar el cambio en ellos mismos y el subsecuente cambio en sus propias realidades.

El mundo es como somos nosotros, por eso es que si queremos cambiar el mundo, primero debemos cambiar nosotros. Pero ¿con qué tiene que ver todo esto? Pues tiene que ver con la transmutación. ¿Dónde opera la transmutación? La transmutación opera dentro de nosotros mismos, en el crisol de nuestra alma y de nuestra psique y somos nosotros los agentes activos y pasivos de nuestra propia transmutación.

La transmutación esta permanentemente con nosotros, solo necesitamos bajar a nuestras propias catacumbas, ver dentro de nosotros mismos, despojarnos de nuestros metales, telarañas y estorbos mentales y emerger sin la venda, ver la vida de otro modo.

Published in: on 3 septiembre 2009 at 12:26 pm  Dejar un comentario  

DICE JOSEPH FORT NEWTON

La Masonería no es un Templo de Misterios ni un depósito de rituales, ni un reformatorio de delincuentes, ni una oficina de asistencia social, sino el dichoso, tranquilo, refinado e intelectual hogar de hombres de buena voluntad y recto criterio, de hermanos y no esclavos, de hombres de claro entendimiento y templado ánimo, de jóvenes y viejos que atraídos por una magnética afinidad de asociación se unen en un compañerismo muy superior a las multitudes gregarias. Son hombres que actúan en un mundo de moción y emoción, de aspiración y deliberado progreso, que llegan a conocerse íntimamente unos a otros en estrecha y familiar asociación, convencidos de que la fraternidad humana comienza con la completa virilidad del individuo…

Published in: on 2 septiembre 2009 at 5:56 am  Dejar un comentario  

DISCRECIÓN Y SECRECÍA EN LA ORDEN MASÓNICA

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El comportamiento dentro y fuera de Logia

En la Orden masónica existen documentos muy antiguos que constituyen la base del comportamiento de los miembros de la Fraternidad. The Old Charges —Los Antiguos Cargos o Deberes— promulgados por la Gran Logia de Inglaterra y escritos por James Anderson contienen, desde 1723, las bases generales de conducta del masón, tanto en lo religioso como en lo político y en su comportamiento dentro y fuera de la Logia, entre masones, entre presuntos masones y entre extraños que no sean masones. Los conocidos como “Antiguos Cargos” o “Antiguos Deberes” (Old Charges) están compuestos por el material que ha sobrevivido hasta nuestros días de alrededor de ciento veinte documentos manuscritos referidos a normas y reglamentos que gobernaban el Arte y la Ciencia de la construcción gremial entre los arquitectos de la Masonería Operativa, esto es, aquellos masones que nos dejaron las catedrales góticas, auténticos libros de espiritualidad en piedra.

 El tema central de este trabajo esta relacionado con la discreción de los miembros de la Logia. En este sentido, es menester recordar que los iniciados hemos prestado solemne juramento, bajo palabra de honor, de guardar discreción de todo lo visto y aprendido en la Logia y de todo lo que se ve o pudiéramos llegar a ver en lo futuro. El documento de Anderson nos dice al respecto:

Conducta para cuando los hermanos se reúnen sin extraños, aunque no en una Logia constituida.

Cuando seáis presentados, tenéis que saludaros de forma educada diciéndoos Hermano y os daréis libremente mutuas instrucciones si lo consideráis conveniente sin ser vistos ni escuchados, sin abrumaros ni faltar al respeto que se debe a un hermano, aunque no sea masón. Y dado que todos los Masones son hermanos bajo el mismo nivel, la Masonería no quita ningún honor a nadie que le haya estado otorgado previamente, sino que más bien se le añade, especialmente si los ha merecido dentro de la Fraternidad que otorga honores a quien se los merece; así mismo, deben evitarse las malas maneras.[2]

Este precepto aborda el sentido de la educación y la caballerosidad que debe predominar entre los masones. El trato debe ser respetuoso y educado, sin bromas de mal gusto que puedan poner en entredicho el afecto y la fraternidad entre los miembros de la Logia. Entre nosotros, los burlistas y los guasones de mal gusto no son bien vistos, y su comportamiento suele introducir un clima de irreverencia que bien pude contribuir a enturbiar el ambiente de amistad y fraternidad entre los masones.

Conducta en presencia de EXTRAÑOS no masones.

Hablaréis y os conduciréis con precaución y circunspección, de manera que el extraño más atento no descubra o adivine nada que no convenga hacerle saber; alguna vez habréis de desviar una conversación y serviros de la prudencia por el honor de la venerable Fraternidad.

Es una pésima costumbre hablar de los asuntos masónicos fuera de la sesión de la Logia, es decir, al margen de los trabajos formales de la Logia. En cafés, bares y restaurantes, los masones debemos referirnos a los asuntos masónicos con extrema cautela, de modo que los extraños o profanos jamás se enteren de los asuntos propios de la Logia. La expresión “llueve” debe decirse con discreción cuando, hablando de asuntos masónicos, advirtamos que se aproximan extraños no masones.

Conducta en el HOGAR y entre el vecindario.

Habéis de actuar tal como conviene a un hombre sabio y de buenas costumbres; especialmente nadie de vuestra familia, amigos y vecinos, han de ser conocedores de todo aquello que hace referencia a la Logia; tenéis que conservar con sensatez vuestro propio honor y el de la antigua Fraternidad por motivos que no hace falta mencionar aquí. Al mismo tiempo, debéis conservar vuestra salud no quedándoos reunidos hasta demasiado tarde o pasar demasiadas horas lejos de casa una vez cerrados los trabajos de la Logia, evitando la tragonería y la embriaguez para no abandonar o perjudicar vuestras familias ni resultar incapacitados para vuestro trabajo.

La Logia es para los masones, y ni siquiera los amigos, e incluso nuestros familiares, deben enterarse de las cuestiones íntimas de la Logia, sus asuntos, rituales, ceremonias o secretos. Nuestras pláticas deben estar animadas de cautela y sigilo. Muchos masones suelen ser descuidados y dejan sus libros y liturgias a la curiosidad de hermanos carnales, primos, esposa o hijos. Muchas veces hasta la comadre o la servidora doméstica saben de las cuestiones de la Logia por la indiscreción de los masones.

Conducta hacia un hermano extranjero.

Tenéis que examinarlo de la mejor manera que la prudencia os indique con el fin de no ser engañados por un falso e ignorante pretendiente, al que rechazaréis con mofa y menosprecio y con cuidado de no comunicarle ningún detalle de ningún conocimiento.

Pero si encontráis que un hermano es auténtico y sincero, le tenéis que mostrar el respeto debido, y si se encuentra en una necesidad tenéis que auxiliarle, según vuestras capacidades, o indicarle como se le puede ayudar; tenéis que darle trabajo durante unos días o recomendarlo a quien pueda contratarle. Pero no tenéis obligación de ir más allá de lo que os permitan vuestras posibilidades, y más bien debéis preferir a un hermano pobre que sea hombre de bien y leal antes que otro pobre en las mismas circunstancias.

Nadie que no sea examinado en antigua y debida forma debe ser reconocido ni admitido como masón, así sea portador de papeles o credenciales. Cuando comprobamos que el pretendiente no es masón, debemos despreciarlo con escarnio y menosprecio porque él ha pretendido engañarnos. En las Logias corresponde al Guarda Templo la función de retejar a los extraños, y por eso este puesto debe ser siempre cubierto por un Maestro masón debidamente instruido en las formas de reconocimiento de los tres grados del Antiguo Gremio o Masonería Azul. En cambio, al hermano masón auténtico debemos prodigarle todo género de atenciones pero nunca más allá de lo que permitan nuestras posibilidades.

La Masonería se basa en el mutuo reconocimiento y también en el mérito recíproco, y siempre la bilateralidad será la marca esencial de nuestras relaciones en Logia. Quién da tiene derecho a recibir; nunca será bien visto entre nosotros aquél que solo llega a pedir y a exigir invocando la fraternidad de forma obligada sin corresponder ni a la Logia ni a los hermanos lo que viene a pretender. Respecto del secreto, debemos distinguirlo de la discreción o del sigilo. Tanto la discreción como el sigilo son una actitud interna y personal de conservar para nosotros lo que nos ha sido dado con esa consigna. Durante la Iniciación se nos preguntó: “Si para aseguraros de vuestra discreción os pidiéramos que nos revelarais algún secreto de alguno de vuestros allegados o amigos ¿consentiríais en hacerlo? Nos complace escuchar que el candidato responde que NO, porque eso nos asegura que sabrá conservar para sí lo que aquí le confiamos. En cambio, el SECRETO MASÓNICO alude a la naturaleza de las cosas, a las cosas en sí. El cahier del Aprendiz dice:

Es inviolable por su naturaleza, y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los templos de la India, de la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judío-bárbaro-helénicas, pero no será nada, ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación, mientras que el que los haya comprendido dominará con su secreto los hombres y las cosas.

 


[2] Tomado del Libro de las Constituciones de 1723, promulgado por la Gran Logia de Inglaterra y redactado por James Anderson por mandato del Gran Maestro George Payne.

[3] Cahier  del Grado de Aprendiz, Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz, p. 73.

Published in: on 30 agosto 2009 at 8:34 am  Dejar un comentario  

LOS ENEMIGOS INTERNOS DE LA MASONERÍA

Por Demolay enemigos  

A

 menudo se dice que la Orden tiene sus enemigos atávicos en los grupos de ultraderecha, sectores conservadores de la Iglesia católica —Caballeros de Colón, Opus Dei, Legionarios de Cristo y ahora el Yunque— y partidos políticos de filiación igualmente conservadora. El discurso de los recién ingresados en la Orden suele ser copioso en retórica jacobina y de pronto pareciera que la Orden existe, o subsiste, merced a la existencia de los contrarios. Otros, incluso, se pronuncian en el sentido de que la Masonería ha perdido capacidad de competir con sus adversarios, ya que éstos la han superado en número de miembros, recursos materiales y capacidad financiera, así como en presencia política. ¿Qué hace la Masonería? se preguntan, otros sostienen ¿qué hacen los masones?

Unos y otros se responden: ¡Nada! Las logias masónicas cada día desmerecen en interés para sus propios integrantes, quiénes las abandonan desilusionados porque no encuentran lo que buscan, o bien porque el carácter y el contenido de sus enseñanzas les parecen fuera de contexto histórico, social y político contemporáneo. ¿Qué hacer entonces? La Masonería, dicen, vive una crisis, y a veces dicen bien, solo que no saben identificar con precisión el sentido y la verdadera identidad de dicha crisis.

Pocos masones saben cuáles son los fines reales de la Institución masónica; unos la ubican en lo material, otros en lo financiero y económico, otros en lo social y no faltan quienes le señalan un rotundo fracaso político. Para muchos, la Masonería es un mero apéndice de sus vidas sociales, una suerte de extensión de esa via munda y frívola que malamente cumple la función de un club. Adolecen muchos integrantes de la Orden -que no iniciados- de una clara visión de los ideales supremos de realización espiritual de la Institución y es posible que ocho de cada diez de sus integrantes desconozcan que la Masonería ha sido fundada para contribuir al desarrollo espiritual de la humanidad, así como a la expansión de la conciencia interior de sus integrantes.

Muchas Grandes Logias, con sus respectivos Grandes Maestros, evidencian un abandono de los principios considerados fundamentales en la Francmasonería restándoles autoridad y observancia. Incluso, para muchos masones “modernos”, los ritos masónicos no son sino costumbres arcaicas y prehistóricas que ahora “carecen de sentido”, y les parece que la Masonería es una suerte de museo viviente de atavismos incompatibles con un mundo de globalización y de Internet. Casi todos los “profanos con mandil” exigen ejecutar los rituales con prisa, por ello abrevian los rituales y mutilan el espíritu de la Orden en aras de la modernidad y la “ciencia contemporánea”.

 La Masonería —siendo un espacio iniciático cognitivo y afectivo de profundos significados morales y espirituales— resulta hoy en día en extremo superficial para quienes la desconocen y la reducen constantemente con sus prácticas profanadoras, y es por esta razón que, además de todos los males, existe una vasta disonancia entre las mentes académicamente avanzadas y la masonería superficial contemporánea. Tenemos ante nosotros una ruptura social, intelectual y académica que no tiene razón de ser porque si a los académicos y los científicos, cuando llegan a nuestras Logias, alguien les supiese indicar los verdaderos caminos de la Orden, muy seguro estaríamos en que sabrían, con gran apertura intelectual y espiritual, valorar de modo superlativo las excelsas virtudes de nuestro Arte Real. Por lo tanto, habríamos de preguntarnos objetivamente ¿cuáles o quiénes son nuestros reales y verdaderos enemigos?

Desde hace mucho tiempo presentimos que nuestros verdaderos y reales enemigos no están fuera, sino dentro de
la Institución. ¿Quiénes son? No son solamente lo Jubelás, Jubelós y Jubelúm, que con sus conductas traicionan la confianza de los verdaderos iniciados, o bien los líderes y funcionarios dela Orden que solo anhelan su propio beneficio y se olvidan de la verdadera causa de la Institución. No, en realidad se trata más bien de actitudes plenamente instaladas en los patrones de conducta organizacional de la Orden.

¿Cuáles son estas actitudes? Una es la superficialidad, otra los prejuicios y por último, los personalismos.

 Los masones nos hemos vuelto superficiales, pues tratamos nuestros asuntos iniciáticos apenas por la periferia y pocas veces profundizamos en los contenidos simbólicos, espirituales y morales que nos proponen nuestros rituales y lecturas. Muchos “profanos con mandil” asumen que son masones solo porque son liberales y juaristas; respecto de los personalismos, la verdad es que hemos convertido a nuestras Logias en una retahíla de aduladores que confunden el valor de “la jerarquía” con la alabanza, y para miles de masonetes inmaduros tales adulaciones evidentemente les trastornan su personalidad, pues evidentemente carecen de la profunda comprensión de lo que es la Masonería, su Regularidad y el carácter eminentemente secreto de sus procesos y métodos. 

La falta de educación y formación masónica, a veces confundida con mera “instrucción”, la pérdida de los significados, las ambiciones políticas de los dirigentes, la ausencia de selección, entre otros factores, son los principales enemigos internos de la Masonería. No necesitamos referir los enemigos tradicionales, pues en verdad los tenemos dentro.   


 
 
[1] Me baso en los conceptos de W. Cox Learche, en Los Landmarks; la regularidad masónica en una nueva Luz, Herbasa, México, s/a.

  


  

  

 

 

 

 

 

 

ARQUITECTURA Y MASONERÍA

 

L

Por Demolay

a Masonería se halla estructurada como una ORDEN debido a que posee una regla que le otorga forma, esquema de organización, jerarquía, funcionalidad, principios y procedimientos; posee también una causa o sentido de misión y, finalmente, expresa una disposición simbólica que constituye su lenguaje y su método esencial de enseñanza y comunicación. Estos tres componentes (estructura, misión y simbolismo) son distintivos de las órdenes y la nuestra no escapa a ellos. 

            Respecto de su simbolismo, habrá que declarar que éste se ha tomado esencialmente de la arquitectura y, particularmente, de la tradición de los constructores de las catedrales góticas de le edad media europea. Desde la perspectiva de los tiempos actuales, sería una grata especulación intentar apreciar hasta qué grado los canteros medievales alcanzaban un determinado nivel de éxtasis o de vibración espiritual, -si es que lo experimentaban-, al ver fluir de sus manos las sublimes revelaciones en piedra levantadas a la Gloria de Dios. Si nuestros antepasados vivían o no de manera efectiva los celestiales sentimientos espirituales que su oficio debía reportarles, lo cierto es que la Orden Masónica recibió el marco esquemático de organización y de simbolismo de los albañiles o canteros medievales y, por supuesto, de sus arquitectos.  

La Masonería contemporánea, necesariamente filosófica, aplica las reglas de la construcción al Templo o Edificio Espiritual, cuyo levantamiento exige de sus operarios un doble esfuerzo: la construcción personal en los terrenos de su propio «Yo Interno» y la construcción externa en los escenarios del mundo, de la sociedad y de la comunidad, estructurados sobre la base de los Principios masónicos: la tolerancia, el reconocimiento de la igualdad espiritual de los hombres y la posibilidad política de acceder a esquemas jurídicos que la garanticen, la libertad, la fraternidad entre todos los hombres sin distinción de credos, ideologías, razas, clases y orígenes sociales. Contrariamente a lo que las personas piensan -sobre todo la feligresía católica- la Masonería no está en contra de religión alguna, ni excluye de sus estudios el análisis de los fundamentos de la fe y por ende de las religiones. El clima de tolerancia y libertad que se da en las Logias permite, en primer lugar, que sus miembros piensen, analicen y discutan y que, por otro, CREAN o asuman la fe que mejor satisfaga sus expectativas. La Masonería -sin ser religiosa- permite un ambiente de religamiento profundo muy asociado a la vida espiritual.

 

           Si el trabajo de construcción del «Yo Interno» es un esfuerzo espiritual, es decir, iniciático, el quehacer de construcción social es un trabajo político. Hay pues una Arquitectura espiritual y una Arquitectura política y en consecuencia se tienen dos edificios: el personal o interno y el social o externo. La Masonería reconoce que ambos edificios son vitales para garantizar la plena realización de la vida humana; sin embargo, la Orden no se declara ni religiosa ni política, porque reconoce que los debates de este género contribuyen a enfrentamientos que anulan el deseo último de la Fraternidad Masónica: llegar a ser el «Centro de la Unión», como asentó James Anderson en The Ancient Charges o Antiguos Deberes de los Francmasones, consignados en el Libro de las Constituciones de 1723, documento que constituye la Carta Magna de la Masonería Filosófica Universal. ¿Cómo realiza entonces la Orden su trabajo externo? La clave de esta realización radica en la eficiencia con que su estructura simbólica e iniciática logra efectivamente transformar la visión del mundo de sus adeptos. Cuando sus educandos logran percibir la realidad sin la venda de la ignorancia, la superstición, el fanatismo y la ambición, cuando la Luz Masónica ha anidado en sus corazones, entonces las cosas aparecen ante sus ojos de otra manera y sus conductas personales y sociales se orientan ahora bajo otros principios, principios que convienen a todos y no afectan a nadie.  
 
            Es decir, para lograr las dos construcciones, el masón necesita reunir tres requisitos:  

 

1.      Conocimiento de sí mismo y conocimiento del mundo.
 2.      Dominio de sí mismo y su realización en el mundo.
 3.      Ennoblecimiento de sí mismo y aspiración a la dicha de la vida de la humanidad.[1]  
Esta interpretación ética del trabajo masónico también se manifiesta en que el taller contiguo a la catedral, se halla convertido en Logia, y el templo en un lugar de devoción de especialísima índole en donde se sacraliza el trabajo. Entonces, la Logia se convierte en un «espacio sagrado de trabajo» dedicado a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, espacio en el que la fraternidad y la unión espiritual de los asistentes constituye la mejor garantía del desarrollo colectivo. 

 

Las Logias bien organizadas y bien dirigidas, respetuosas de las formas masónicas dispuestas en los cahiers oficiales y seguidoras de la tradición del ritual y del simbolismo, son una prenda de efectividad transformadora de sus adeptos y se constituyen, de inmediato, en un centro de atracción en el que los integrantes asisten deseosos de participar activamente en el esfuerzo grupal de la Logia por lograr cuantos fines se propongan en su seno. Por lo contrario, las Logias dirigidas por hermanos que desconocen las reglas del Arte Real y los procedimientos básicos de la construcción masónica, las Logias que mezclan la frivolidad y la ligereza, se “profanan” en el sentido literal del término, pierden la vocación constructiva y se alejan de la arquitectura moral de la Orden. No nos sorprenda, por lo tanto, que las Logias abatidas sean precisamente las que se caracterizan por el desorden, el distanciamiento de la tradición iniciática, el involucramiento de la politiquería, el autoritarismo de sus dirigentes, la ausencia de respeto al albedrío de los obreros, la apatía de sus integrantes justamente decepcionados porque no encuentran lo que buscan, el abandono ritual, la desidia, la falta de motivación, etc.  
 
Un hermano de este Oriente (Xalapa, Veracruz, México) hace ya varios años, indicaba en sus peroratas la necesidad de que los asistentes a las Logias asumieran, de entrada, una disposición y una actitud espiritual religante, -no religiosa, sino meramente «re-ligante»-, de tal forma que la Tenida no se convirtiera en una simple “asamblea, junta o reunión”, sino en un acto en el cual se celebrara la Logia. Ahora bien, “celebrar” la Logia significa VIVIR el ritual y el simbolismo y predisponer el ánimo y el espíritu para ser especialmente receptivos al mensaje de la apertura, del desarrollo y del cierre de los Trabajos. Pensar, como pensaba el gran poeta alemán Goethe, cuando observaba la Estrella Flamígera sobre el Ara y decía:  

 

Para empezar y para concluir,Compás, Plomo y Nivel.Todo se entorpece y paraliza en las manos,Si la estrella no ilumina el día.  
En otra parte de uno de sus múltiples poemas dedicados a la Masonería, abunda Goethe en la belleza del simbolismo de las Tres Grandes Luces de la Masonería: el Libro de la Ley, la Escuadra y el Compás.  

 

La Biblia, en su caso, es la Luz sobre nosotros no como autoridad dogmática, sino como expresión de fe en una ordenación moral del mundo; la Escuadra es la Luz en nosotros, porque es el símbolo del derecho y del deber que Dios grabó en la conciencia y que conduce moralmente a los hombres; el Compás es la Luz alrededor de nosotros, es el símbolo de la fraternidad y del servicio al prójimo.[2]  
 
            Los asistentes a la Tenida deberían tener en cuenta, además, otros elementos de la arquitectura masónica, es decir, de su simbolismo, justo cuando se colocan su mandil para dedicarse al Trabajo y para presenciar la apertura de la Logia. Cada herramienta, cada utensilio tiene su significado en el conjunto logial, como también lo tiene el peculiar lenguaje de apertura, el golpeteo de los malletes de las Luces del taller, la iluminación y la decoración del Templo, etc.  

 

            La Invocación de la Apertura de los Trabajos, que es una verdadera dedicación espiritual a la «Gloria del Gran Arquitecto del Universo» y  que supone un «re-ligamiento» espiritual ascendente, la dedicación de los Trabajos a la «Confraternidad Universal», que es un «re-ligamiento» espiritual horizontal que apela al sentimiento de fraternidad entre los hombres, todo bajo los auspicios de una Simbólica Potencia que regulariza los Trabajos, todo esto es un monumento a la sublimación que debe disponer el ánimo de los asistentes hacia lo más elevado que la conciencia pueda percibir. Por otra parte, el reconocimiento de que la Logia se sostiene en tres columnas, colocadas en los tronos de cada una de las Tres Luces, -el Venerable y los dos Vigilantes-, nos da la sensación de fortaleza y la convicción de que la Logia se reúne bajo el amparo de leyes universales. Estas columnas respectivamente significan:  
La Sabiduría o pensamiento que dirige.La Fuerza o energía moral que la ejecuta.La Belleza o armonía de las fuerzas mentales, la concordia entre el pensamiento y la acción.  

 

Con estos elementos en mente ¿es posible no asumir una actitud espiritual capaz de matizar los Trabajos de la Logia con un aliento de construcción personal y colectiva orientada al cultivo del «Yo Interno» y del «Yo Colectivo»? ¿Es factible estropear los trabajos con vacuidades y liviandades más propias de sindicatos y de camarillas que de una Logia dedicada al Trabajo Espiritual e Intelectual? 
 
            Una de las razones de que la Arquitectura Masónica se disipe del seno de las Logias es el olvido de estos principios básicos de la construcción masónica; el abandono de las reglas básicas del Oficio y la atracción de motivaciones profanas de algunos hermanos que se aburren de la cotidianeidad masónica y que creen que el «Arte Real de Labrar la Piedra en Bruto» carece de sentido práctico en nuestras vidas y en nuestra sociedad. Estos hermanos permanentemente expresan que lo que se dice en la Logia es muy bonito, muy bello, muy poético, pero siempre rematan con la pregunta ¿cómo repercute en la sociedad? ¿qué hace la Masonería allá fuera? Y entonces parece que desconocen o que olvidan que la Masonería no tiene otra cosa que hacer más que hacer masones y que en éstos, los principios masónicos actúan de tal forma que en la vida profana las acciones de nuestros hermanos se van manifestando en sus obras, acciones y dichos y es así como destacan en sus trabajos, donde quiera que se encuentren y por modesto que éste sea.  

 

            Ciertamente, toda Logia corre el riesgo de caer en una burocratización del trabajo y todos los masones pueden hacer de la sistematización de su asistencia a la Logia un patrón estéril de creatividad, de innovación y de motivación. Evitarlo dependerá del talento grupal de la Logia y de proporcionar a los Trabajos un atractivo siempre renovador.  
 
            La Orden Masónica, luego de tantos años de existencia formal, ha resistido persecuciones, excomuniones tan ingenuas como infructuosas de pontífices fanatizados y necios, incomprensiones y denostaciones de toda clase y orígenes; sin embargo, y a pesar de todo, siempre ha salido fortalecida y renovada sin abandonar sus Principios esenciales que le dan forma y contenido y que definen su naturaleza iniciática. La Orden Masónica no está llamada a ser una sociedad de masas, sino una agrupación selecta y selectiva que escoge a sus adeptos sobre la base de requisitos que cualquier hombre de bien y de honor puede efectivamente cumplir. Aún así, tal vez sus peores enemigos, aquéllos que más contribuyen a su destrucción, lejos de hallarse fuera de sus filas y de sus templos se encuentren justamente dentro de ellos. En efecto, muchas veces los elementos más nocivos para la Orden Masónica solemos ser nosotros mismos, pues nuestra ignorancia de lo que ella es verdaderamente, el desconocimiento que tenemos de su historia, de su naturaleza, de sus fines, métodos, principios, y sobre todo la ignorancia que manifestamos de sus límites, nos predispone en su contra, queriendo que ella, la Orden, sea como nosotros queremos que sea, que actúe como suponemos que debe hacerlo y queremos, encima de todo, transformarla al tono de los tiempos, como si la Institución no fuera, en sí misma, eternamente contemporánea.  

 

¿Y quiénes son éstos? Son aquéllos que la frivolizan queriéndola despojar de sus atributos esenciales; son aquéllos que con su actitud profanizante alejan a los hermanos de las Logias, estropean el logro de las metas formativas de sus Templos y terminan por destruir lo que no comprenden. El olvido de que la Orden tiene como objetivo disipar la ignorancia, combatir los vicios y las pasiones que deshonran al hombre haciéndole tan desgraciado e inspirar el amor a la humanidad, y que sus métodos son la educación iniciática y espiritual de sus miembros, produce miopía en los hermanos, les impide ver más allá de las “formas” y les produce gran confusión.  
 
            De esta manera, podemos concluir que el simbolismo de la Orden se halla cifrado por medio de los recursos de la Arquitectura, al punto que Arquitectura y Masonería se encuentran indefectiblemente unidas. Aprendamos a ver en los símbolos masónicos la pureza de su mensaje y asumamos la voluntad de estudiar y compenetrarnos más y mejor de sus profundos significados. 


[1] Lennhoff, Eugen, Los Masones ante la Historia, Traducción de Federico Climent Terrer, Edit. Diana, 1983, p. 29.  

 

[2] Por supuesto, el simbolismo de la Escuadra y el Compás apela también a otros significados. Tradicionalmente, en los cahiers oficiales de la Gran Logia Unida Mexicana del Gran Oriente de Veracruz, se postula que la Escuadra alude a la materia y el compás al espíritu, y este esquema permite explicar las diferentes posiciones que ambos instrumentos adoptan sobre la Biblia según el grado que se trabaje.

Published in: on 21 octubre 2006 at 11:34 pm  Dejar un comentario  
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