ORÍGENES ESTUARDISTAS DE LA MASONERÍA

Por Demolay

Los orígenes más remotos y auténticos de la Masonería debemos ubicARMAS MASONICarlos en Escocia desde los trabajos de William Schaw y el impulso denodado que le imprimió Sir Robert Moray. Fue aquí donde se fundaron las primeras Logias especulativas de masones aceptados, gracias al trabajo de estos dos próceres de nuestra Hermandad. Sin embargo, desde 1714 se había instalado en Inglaterra una casa gobernante alemana —Orange, de Hannover— que desplazó a los Estuardo de la Corona inglesa y que nunca contó con el apoyo popular. El arribo de esta casa extranjera al gobierno inglés fue apoyado por las cuatro Logias londinenses que la tradición dice fueron las fundadoras del ahora internacional movimiento masónico. Nada más alejado de la verdad.

En efecto, en 1717 The Goose and Gridiron, The Crown, The Appletree y The Rummer and Grapes, fueron establecimientos logiales que tenían, entre sus miembros a individuos no vinculados con el Arte y Ciencia de la Construcción, es decir, miembros aceptados, pero éstos ya existían desde mediados del siglo anterior, como bien hacen constar estudios e investigaciones acuciosas sobre nuestros orígenes como Gremio filosófico. De modo que la masonería londinense en realidad no hizo sino aprovechar a estas cuatro Logias que, seguramente, provenían de concesiones dadas por los Estatutos de Schaw, desde mediados del siglo XVI.

La desaparición de la dinastía de los Estuardo provocó también la extinción de la masonería jacobita en Inglaterra, pues para la nueva casa gobernante, los Hannover, el recuerdo estuardista jacobita constituía una osadía política. Por ello, para un masón londinense de 1717, decir que era masón jacobita constituía un peligro mortal. Por esta razón, las ramas jacobitas del Gremio fueron relegadas, cuando no extinguidas definitivamente. Luego de las Revoluciones francesa y americana, permitir que la masonería estuardista —de claros orígenes escoceses— pudiera renacer, representaba una intimidación para los Hannover. Precisa aclarar aquí que cuando hablo de los orígenes escoceses de la masonería, en nada me refiero al grupo masónico denominado Rito Escocés, Antiguo y Aceptado, que en Escocia ni conocieron, ya que es un sistema eminentemente americano, inventado en Charleston en 1801.

El ocultamiento definitivo de cualquier resabio escocés —jacobita estuardista— de la masonería quedó consolidado con la fundación de la Gran Logia Unida de Inglaterra (UGLE, por sus siglas en inglés) en 1813, organismo de fusión que reagrupó las dos facciones inglesas de la masonería, la de los “modernos” de Hannover (las cuatro logias referidas de 1717) y la de Lawrence Dermott, los “antiguos”. La UGLE surgió bajo el mando del Duque de Sussex, hijo de Jorge III, el rey loco bajo cuyo gobierno Inglaterra perdió las colonias americanas.

Este noble purgó a la nueva Gran Logia de toda simpatía por lo estuardista jacobita y eliminó por completo todos los rituales que tuvieran el mínimo rastro de relación con los Estuardo en el Gremio. Un claro ejemplo de esta fobia por lo estuardista, por parte del duque de Sussex, fue la eliminación de dos importantísimos testimonios que, de existir, nos estarían dando luz abrumadora sobre los orígenes del Gremio masónico: uno es The History of Freemasonry, escrita por Elías Ashmole —que también dejó una historia de la Orden de la Jarretera— y la otra es también una Historia de la Masonería, nada más y nada menos que de Sir Robert Moray, con mucho el padre del especulativismo masónico. Ambas obras fueron escritas a petición expresa de la Royal Society.

El duque de Sussex, como Gran Maestro de la UGLE, borró todo rastro estuardista de nuestro Gremio, pista que con mucho constituye la fuente original de nuestra Fraternidad. Pero también eliminó todo vestigio respecto de la relación de la masonería con los orígenes de la Real Sociedad, la rama científica de la masonería, aquélla que permitiría a los operadores del Gremio “acercarse al Trono de Dios por medio del descubrimiento de los misterios de la naturaleza”. Tal y como dicen los rituales originales del Fellow Craft.

Sin embargo, las cosas salieron a relucir en su majestuosa verdad, no por la acción de los masones londinenses, sino por el primer ataque de la iglesia católica romana a la Hermandad, dominada por los Hannover. La primera excomunión contra la masonería, en 1737,  dejó entrever los orígenes profundos y remotos del Arte Gremial Masónico, espiritual y filosófico; orígenes estuardistas y por lo mismo escoceses y no solo de las primeras logias especulativas, sino además, de la Real Sociedad.

Published in: on 31 octubre 2009 at 6:07 am  Comments (1)  

LOS MASONES PUNTILLOSOS

 

Por Demolay

La forma en como los miembros de la Orden reaccionan a su estructura, principios, enseñanzas, tradiciones, usos y costumbres, es diversa y muchas veces contradictoria, pero en todo caso entendible. El fondo de sus reacciones adversas y puntillosas puede ser la ignorancia de lo que la Francmasonería ES. Por ello, es posible advertir que en nuestro seno, los hermanos se clasifican en tres categorías:

  1. El masón indiferente, que es aquél que se halla dentro de la Orden sin saber la causa de ello, que practica los ritos maquinalmente, sin comprender su hondo significado y que tampoco se preocupa por investigarlo, contribuyendo así a formar un dócil rebaño de hermanos que se deja conducir por la mano del más hábil. Este masón autómata es dócil y susceptible de ser instruido y puede abrigar esperanzas de que algún día podrá ser efectivamente iniciado en el verdadero significado de la Masonería. Por desgracia, recibe los Grados de la Orden únicamente merced a que es “útil” a los fines de algunos dirigentes igualmente ignorantes, quienes les conceden los Grados sólo porque ya cumplieron su tiempo y porque, además, pueden pagarlos.
  2. El masón recalcitrante y puntilloso, que es aquél que desea a todo trance transformar los ritos, alterar las ceremonias, alejarse de las enseñanzas de los Maestros, y que considera que la Masonería es anticuada y obsoleta, opaca e intrascendente, y que piensa que es necesario reformarla a la luz de la ciencia positivista y aplicar en ella los conocimientos adquiridos en las universidades y que han sido publicados en Internet. Considera, además, que el simbolismo iniciático carece de valor, a pesar de que ignora su significado y aun así no se toma tampoco la molestia de estudiarlo. En consecuencia, este masón aspira a convertir la Orden en un mero club social y político y se preocupa por aparecer en los diarios promoviendo actividades muchas veces ajenas a los verdaderos fines de la Francmasonería.
  3. El masón consciente, que a diferencia del “autómata” y del “puntilloso recalcitrante”, ha llegado a la Orden con una actitud humilde, dispuesto a conocer nuevos horizontes y conocimientos, quizás no disponibles en las universidades. Éste, viene libre de prejuicios y trata de aprender las enseñanzas de la Orden antes que predicarlas. El masón consciente llega efectivamente vendado y confesando su ignorancia respecto de la sabiduría; éste no viene con «actitud de sabio», sino abriendo su corazón a la Luz de la Iniciación. Este tipo de masón, luego de muchos años, «descubre», por sí mismo, el verdadero secreto de la Francmasonería y se preocupa por hacer de las Tenidas verdaderos banquetes de espiritualidad y de estudio de los grandes temas que constituyen la tradición iniciática de todos los tiempos. El masón consciente entiende que la filosofía masónica es siempre vigente y que constituye una de las alternativas más viables para construir el mundo de los tiempos por venir.

Ahora bien, colocado frente a la Orden Masónica, todo masón adopta una de las siguientes actitudes, según Sotelo Regil:

A)   Si las enseñanzas de la Orden contradicen sus conocimientos adquiridos previamente en las Universidades o en la vida, luchará con un egoísmo personal, arrogante y vanidoso para modificar o desvirtuar dichas enseñanzas, hallando, constantemente, motivos diversos para contradecir a sus Maestros, buscando apoyo en la ciencia positiva. Buscará “actualizar” los cahiers de los Grados y mirará con desdén los procesos y mecanismos rituales de la Orden.

B)   Si las enseñanzas de la Orden confirman sus conocimientos previos, entonces hallará en ella una justificación de su modo de pensar y una rectificación a la utilidad de su esfuerzo, haciéndose por  este hecho solidario de las enseñanzas que en su seno recibe.

C)   Por último, podrá tomar la actitud que adopta el sabio al estudiar un nuevo problema, sin ideas preconcebidas, ni en pro ni en contra, sino aceptando todos los argumentos, todas las ideas y todas las enseñanzas para sacar fruto de ellas, según le indique su razón y su grado de avance espiritual. 

Los masones puntillosos, al no encontrar lo que buscan, acaban por retirarse de la Orden despotricando en contra de ella. Los masones indiferentes asumen su compromiso con la Orden por motivos ajenos a sus enseñanzas, y casi siempre enarbolando banderas políticas, tradicionalmente asociadas al “liberalismo”, al cual entiende meramente como un simple anticlericalismo. Los masones conscientes son los verdaderos candidatos a la Iniciación y son los que entienden el verdadero sentido de las palabras: “Llamad y se os abrirá”, “Pedid y se os dará” y “Buscad y hallaréis”.

En efecto, debemos tener presente que nuestros rituales nos prometen que la adquisición del secreto masónico es imponderable, y que por medio de él podemos «dominar a los hombres y a las cosas», y lo que es más importante, A NOSOTROS MISMOS, y que merced a él, algún día sabremos cómo se alcanza la inmortalidad. La Orden Masónica no es una institución superflua que aboga por la frivolidad. En realidad, ella se sustenta en los Grandes Misterios de la Iniciación, y es en base a ello que es trascendente, profunda y eterna.

Y tú, hermano, ¿qué tipo de masón eres?, ¿qué actitud tienes ante la Orden?, ¿eres puntilloso, recalcitrante o consciente?

Published in: on 23 octubre 2009 at 9:38 am  Dejar un comentario  

DESBASTAR LA PIEDRA BRUTA

 Durante la ceremonia de Iniciación, inmediatamente finalizada la instrucción que el aprendiz recibe del hermanoTALLADORESs Experto, el Ven. Maestro le ordena realizar su primer trabajo sobre la piedra bruta. Es conducido entonces al pie de las gradas del Oriente y el experto le hace poner la rodilla derecha sobre la primera grada, le da un martillo y un cincel y le enseña como golpear la Piedra Bruta por tres veces. Todo el trabajo del primer grado esta condensado en este pasaje de la ceremonia de Iniciación que, como cualquier otro momento del ritual, contiene en sí mismo la instrucción de qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo y nos da material suficiente para la reflexión y modelo para la acción. Además del simbolismo que contiene, es claro y rotundo el mensaje:

  • Hay que hincarse sobre la rodilla derecha, es decir, hay que doblegar nuestro orgullo, como primer paso en el ascenso por las gradas del conocimiento.
  • Hay que replegarse sobre uno mismo, casi en postura fetal, comenzando por el principio.
  • Hay que aislarse de lo que constituye el mundo exterior, de espaldas a occidente. Nuestro trabajo ha de estar orientado hacia nuestro firme propósito, mirando a oriente.
  • Hay que concentrar toda nuestra atención en la piedra, dándole a este trabajo una prioridad absoluta.
  • Hay que usar el Mazo y el Cincel, la fuerza y la sutileza, la voluntad y la inteligencia, nuestra mano izquierda y nuestra mano derecha.
  • Y hay que golpear por tres veces, hay que visitar los extremos, la polaridad, antes de encontrar el punto de equilibrio. Este es el trabajo básico del masón, el acto primordial sin cuya ejecución ninguna otra promesa de realización puede hacerse efectiva.

No puede ser sustituido por ningún otro trabajo físico o intelectual y es la puerta en gesto y en escena de la máxima CONÓCETE A TI MISMO, lo que no puede lograrse más que en el interior de uno mismo.

Published in: on 10 octubre 2009 at 4:31 pm  Dejar un comentario  

PODER Y CRECIMIENTO

Por Demolay PODER

El hombre crece de muchas maneras y transita por la vida enriqueciéndose de diversas formas. Regularmente suele verse al poder como una meta final de la existencia y no como un medio para crecer y hacer crecer a los demás. El poder —entendido según la Masonería— es y debe ser un medio y un mecanismo para servir y para generar las condiciones que permitan que los demás alcancen sus propias metas con miras a su crecimiento personal y social. El poder debe condescender construir el edificio social que la Masonería proclama, pero antes, para que éste edificio o Templo tenga sentido y afianzamiento, debe el hombre construirse así mismo conforme los Planos Superiores que el Gran Arquitecto del Universo ha trazado para el bien de la humanidad.

La Masonería busca y procura un poder. Quiere nuestra Orden que el hombre sea poderoso, quiere que este poder sea trascendente y que alcance y consiga la transformación del mundo para poner orden ahí donde impera el caos. Pero ¿qué clase de poder anhela la Masonería? En primer término, habrá que deslindar los tipos de poder con los que la Masonería no casa. Por ejemplo, el poder económico. Aunque es deseable que la Orden posea los medios necesarios y suficientes para allegarse de recursos útiles para cumplir con sus fines institucionales, lo cierto es que el dinero por sí mismo no constituye un ideal en la esencia del pensamiento masónico.

La Masonería no es para ostentar las vanidades del mundo, la Orden no quiere sino honor, virtud y talento. Los símbolos de poder económico no representan el medio deseable para lograr la transformación interna del hombre. Asociado al poder económico se tiene al poder político. La capacidad de influir en la voluntad de los demás ha sido también una de las grandes aspiraciones del hombre a lo largo de los tiempos. La historia nos da claras enseñanzas de cómo el poder político ha logrado subyugar a los pueblos, pero sobre todo, nos muestra como el poder político ha conseguido dominar la mente, el alma y el espíritu de los hombres. Si algo pone a prueba la naturaleza de la condición humana es precisamente el poder. El poder transforma al hombre haciéndole mostrar su verdadera condición, sus vicios, sus pasiones y sus raras virtudes. Se ha dicho, y con razón, que el poder corrompe, y que el poder absoluto, corrompe absolutamente. La Masonería enseña, por medio de sus liturgias, templos y trabajos, a dominar las pasiones e inculca a sus adeptos el arte real de dominarse a sí mismo.

La Masonería, respecto del poder, no quiere hombres fuertes, sino poderosos. Fuerte, conforme a la enseñanza oriental, es quien vence a los demás; poderoso en cambio es quién se vence a sí mismo. ¿Qué clase de poder demanda, pues, la Masonería? La formación masónica —filosófica, moral e iniciática— conduce al hombre a prepararse para el poder. Primero, el poder de dominarse a sí mismo mediante el ejercicio y desarrollo de su virtud. Luego, el poder de dominar a los hombres y a las cosas; más tarde, con pleno desarrollo moral y espiritual, el masón comprende que el poder verdadero y profundo no es el que nos dan los demás por medio de las urnas o del dinero y los negocios, sino el poder que emana del Ser, de la esencia del Ser. Se trata del poder espiritual que el masón adquiere a través del estudio de los principios, postulados y enseñanzas de nuestras liturgias; se trata del poder que se forma merced a la meditación y al pensamiento perfectamente dirigido a las causas nobles centradas en el principio de amarse los unos a los otros, conforme a las instrucciones del Galileo; preceptos como el de no hacer al otro lo que no queramos que se nos haga a nosotros mismos. Los cánones que la Masonería transmite a sus miembros por medio de la Iniciación son hálitos de fuerza y de poder, son las bases necesarias del servicio a los demás.

El poder que se nos da, incluso con el don de la vida, es un poder para servir; el poder del pensamiento, el poder de las ideas, el poder de una visión inspiradora y transformadora, el poder de creer y de crear, a partir de nada, el poder de un liderazgo basado en principios y en valores, son todos formas de poder cuyo único fin es el servicio. Y es a través del servicio como nos hacemos trascendentes y como logramos obtener una de las formas de la inmortalidad: la del recuerdo de las generaciones. Por ello, como bien dice nuestro Andrés Henestrosa: “No hay peor muerte que el olvido”.

El poder lo traemos consigo desde que nacemos, y es un poder divino de magnitudes inconmensurables. El raciocinio, el pensamiento, la imaginación, el amor y la fraternidad, con expresiones del poder real y efectivo que el hombre debe usar en su vida con responsabilidad y compromiso hacia los demás. Luego, el tallado constante de nuestra piedra bruta —nuestra propia condición del Ser— nos permite acercarnos al ideal de nuestro destino y de esa forma, la virtud —que es fuerza— nos hace grandes, nos hace poderosos y nos hace trascendentes.

Published in: on 25 septiembre 2009 at 2:11 pm  Dejar un comentario  

ASÍ EL CRISTIANISMO, ASÍ LA MASONERÍA

Por DemolayGADU

 S i bien la masonería no es una religión, para la mayoría de los autores anglosajones —e incluso para los masones efectivamente iniciados en el Arte Real— la masonería es religiosa. Por supuesto, aquí el término «religioso» va en el sentido de “religar”, esto es, de volver a unir lo creado con Su Creador, tal cual es la vocación del ritual masónico, elaborado no para simplemente “sesionar”, sino sobre todo, y ante todo, para lograr en los asistentes a los Trabajos de una Logia esa nítida percepción de la trascendencia espiritual generada por la magia del simbolismo y del propio ritual. El ritual masónico solo es magnificente cuando proclama la aspiración y el anhelo del hombre de unirse en espíritu y en verdad con Su Creador.

Decir que toda obra masónica esta dedicada “a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo” —los trabajos, las lecturas, las ceremonias— es reconocer que el trabajo masónico apela a la religación, y que el masón concientemente acepta el impulso espiritual que tiene de elevarse al Ser Supremo. Los masones que asumen la ritualidad y el simbolismo logial como una expresión y como una actitud espiritual, reconocen de inmediato que el significado masónico, real y profundo, apela una actitud religante entre el hombre y lo trascendente, entendido como una suprema manifestación de la Deidad, que en masonería se expresa como Gran Arquitecto del Universo. Todo el ideal iniciático —masónico y no masónico— supone que el operario busca y anhela fundirse de nueva cuenta con su propio origen; esto implica aceptar que “la parte” pretende fundirse con “el todo” y que “lo creado” demanda aglutinarse con Su Creador. El título de este paper no pretende, ni con mucho, emparejar cristianismo y masonería.

De entrada sabemos que sus formas y estructuras son diferentes, aunque sus esencias son similares. No obstante, a ningún cristiano dogmático le encantaría leer que tanto el cristianismo como la masonería conservan principios similares; el cristianismo, por contener verdades emanadas de la misericordia, el amor, el perdón y la conciliación entre los hombres. La masonería, por tener —nos guste o no— un origen cristiano, sobre todo si la hipótesis de su pasado templario no es rechazada.

La lucha masónica: una batalla perenne

La primera parte de la Iniciación pretende lograr la pureza del candidato que anhela la Luz de la Verdad. Tal dignidad supone el dominio de uno mismo, o sea, el control de las pasiones y de las formas irreales del mundo de las ilusiones.

En el lenguaje masónico se dice que un candidato debe aprender a dominar sus pasiones mediante el fortalecimiento y el ejercicio de la virtud. La virtud —de virtus, fuerza— es precisamente la energía que domina las pasiones y para que exista “ha de haber lucha”. Esta lucha esta dada por la pugna entre el bien y el mal, entre los vicios y los desenfrenos y entre las continencias y las mesuras. Los rituales masónicos definen el vicio como el “hábito de contentar nuestros deseos”; así, cada hombre que por hábito satisface sus deseos es un vicioso, y cada hombre que los domina es un virtuoso. Los símbolos masónicos que expresan esta lucha eterna son la Escuadra y el Compás. Bien sabemos los masones que nuestros símbolos asumen significados diferentes según la circunstancia, momento y lugar en que se ubican dentro del contexto logial. Cuando la Escuadra y Compás se contemplan como Luces Mayores en el marco ritual del Ara o Altar, entonces asumen un sentido perfectamente iniciático al expresar la contienda que ocurre en el interior del iniciado que aspira pasar de un estado de imperfección a otro de perfección espiritual. El iniciado busca transitar de la oscuridad a la luz, esto es, del occidente al oriente, o lo que es lo mismo, busca como Aprendiz pasar de la Regla a la Escuadra y de ésta al Compás. Así es como el Aprendiz se hace Compañero y el Compañero se hace Maestro. No obstante, es difícil entender las órdenes Templarias al margen de los conceptos cristianos, y una vez que los comprendemos, encontramos que cristianismo y masonería suponen una evolución del hombre conforme a la voluntad de Dios, Padre Celestial y Gran Arquitecto de Cielo y Tierra.

De la Escuadra al Compás

La Escuadra representa lo material, lo brusco, lo denso, las pasiones y los vicios. El Compás alude lo contrario: lo espiritual, lo fino, lo sublime y virtuoso. Por esta razón, los Trabajos en el grado de Aprendiz se abren con la Escuadra sobre el Compás, justo para significar que el recién iniciado apenas conoce la luz de la verdad —por lo que se sienta en el lado norte de la Logia—. En tal condición, el masón aprendiz vive en el mundo de las ilusiones y de la materia, adherido a sus vicios y pasiones. Poco a poco, su trabajo iniciático hecho con el Martillo, la Regla y el Cincel, va logrando que su estado de piedra en bruto se vaya puliendo hasta lograr la perfección. En el grado de Compañero, los Trabajos se abren colocando Escuadra y Compás interpolados, indicando así que tanto lo material como lo espiritual se hallan en equilibrio. El grado de Compañero es, por lo tanto, un grado de transición, proporción y ponderación en el que la sensatez ante la vida empieza a manifestarse como prudencia y cordura. Esto indica que las luces de la sabiduría empiezan a vislumbrarse en el lejano oriente a los ojos del iniciante en los misterios de la Masonería. El Maestro, por su parte, aparece como un grado masónico excelso en el que la maestría significa el dominio total de la inteligencia y del espíritu sobre las pasiones y sobre la materia, y por ello el Compás esta sobrepuesto a la Escuadra. El Maestro se enseñorea de sus pasiones y domina sus instintos pues ha logrado el ideal iniciático. Es ya un hombre sabio y observa el orden del mundo desde el oriente.

El Camino

Las enseñanzas paulinas suscritas en el Nuevo Testamento asumen que el cristiano que ha apropiado a Yeshúa, ha Mashíaj como su Guía y Salvador, esta dispuesto a luchar consigo mismo para alcanzar su salvación y su ingreso al Reino de los Cielos. Esto implica una lucha interna en todo parecida a la que libra el iniciado trabajando en las canteras. En la Carta a los Gálatas, Paulo escribe:

Andad en el Espíritu, y así jamás satisfaréis los malos deseos de la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu y el Espíritu lo que es contrario a la carne. Ambos se oponen mutuamente, para que no hagáis lo que quisierais.

Si bien el ritual masónico refiere lo vicios y las pasiones como aquéllos contra los que el hombre —el iniciado— ha de luchar, lo cierto es que tal referencia es genérica y cada masón habrá de imaginar los vicios y pasiones que más se vinculan con él. Paulo no escatima palabras y enlista con precisión aquéllos llamamientos de la carne que conducen al hombre a su perdición. Tales vicios y pasiones —las obras de la carne, en el lenguaje cristiano paulino— son:

Fornicación, impureza, desenfreno, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos, envidia, borracheras, orgías y cosas semejantes a éstas de las cuales os advierto, como ya lo hice antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de los cielos.

Un cristiano que se mantiene en El Camino es como un masón que se mantiene fuera y alejado del mundo profano. El Camino es como el Mundo Masónico: un mundo de virtud, espíritu y trascendencia. Así como el masón pasa del mundo profano al mundo masónico, así el cristiano pasa de las obras de la carne a las obras del Espíritu. En ambos casos existe un sentido de pase de un punto a otro, de un estado del ser a otro estado del ser caracterizado por la elevación y la sublimidad. Tanto para el cristiano como para el masón, la lucha interna que ambos libran —uno por alejarse de las obras de la carne y el otro por deslindarse del mundo de los vicios y las pasiones— tiene un corolario que es el hecho de mantenerse “en Victoria”. El masón logrará “la maestría”; el cristiano la salvación y su acceso al Reino de los Cielos.

Del Compás a la Cruz: el trabajo iniciático

El estado hirámico no es un estado distinto al estado Crístico. Para los masones, el estado hirámico es la consecución de un espíritu realizado que ha logrado trascender su propia condición inferior y tosca para, ulteriormente, alcanzar un estado anímico y emocional, espiritual y moral acorde con su destino, según los trazos elaborados por el Gran Arquitecto del Universo. El masón entiende que tal logro —su propia emancipación— no ha sido ajena ni ha estado exenta de la voluntad de Dios, porque no hay nada sobre la tierra que se encuentre desvinculado de la Creación Divina. Para el masón espiritualmente realizado, la soberanía de Dios en el orden universal es innegable, pues Él es Arquitecto y Constructor de todo cuanto existe. El trabajo personal e iniciático de un masón esta expresado como el dominio de sus pasiones y de su baja naturaleza y ha sido fruto del ejercicio de ciertas facultades que le han sido dotadas por Dios, Gran Arquitecto de Cielo y Tierra. Por lo mismo, bien aplica la sentencia de Santiago:

Toda buena dádiva y todo don perfecto provienen de lo alto y descienden del Padre de las luces…

Si bien las facultades instintivas, afectivas e intelectuales son un don divino, en tanto son dádivas del Gran Arquitecto, éstas sin embargo son ejercidas y fortalecidas con el trabajo y ayuda de las herramientas de la construcción que el operario va aprendiendo a usar en cada viaje de su vida. Lo que Dios nos da, nosotros lo fortalecemos con nuestra fe e inteligencia, con nuestra voluntad y compromiso. Pero también, lo que Dios da, Él nos lo quita —como a Job— y al hombre común —y con más razón al masón iniciado— le queda una muy clara conciencia de que su existencia en la tierra no es una casualidad, ni del destino ni de los átomos, y aunque poco a poco puede explicar el origen de la vida en las cadenas ADN, no puede explicar las causas últimas de su existencia. Por ello, un masón —más aún si es templario— comprende a cabalidad que su presencia en el mundo es obra divina, y por ello, su sentido del destino y de ulterioridad está definido por la Soberanía de Dios, Gran Arquitecto del Universo. En las órdenes templarias de la Comandancia el masón toma su Compás, su Cruz, su espada y su blasón y así pertrechado sale con las armas de la fe, la razón y la misericordia. Pablo, de nueva cuenta, en su Carta a los Efesios parece indicar a los Caballeros de la Fe su cometido cuando dice:

Por esta causa tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haberlo logrado todo, quedar firmes. Permaneced, pues, firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de la justicia y calzados vuestros pies con la preparación para proclamar el evangelio de la paz. Y sobre todo, armaos con el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad también el caso de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios…

Así, los templarios somos armados Caballeros; caballeros de fe y de paz, de justicia y de proclamación, pero también de lucha permanente contra nuestros enemigos más temibles: la ambición, la ignorancia, la hipocresía, las obras de la carne y la maldad, que son, en toda forma, vivas representaciones del maligno. El masón —como Caballero Templario armado en una Comandancia— lleva su Trulla, Nivel, Plomada, Escuadra y Compás de la misma manera que carga su Cruz, para caminar por el mundo venciendo los obstáculos que el conflicto moral le plantea durante su vida. El lenguaje profano de la Masonería francesa —inspirado por un racionalismo ajeno al espíritu iniciático y espiritual del Arte Real de Labrar la Piedra en Bruto— se apoya más en el discurso grecolatino para insinuar las enseñanzas de la moral más pura, que en las formas sublimes del lenguaje iniciático y vital. Esta moral indica que el hombre debe alejarse del mal y vivir en el bien, y ello significa que el operario del Arte debe trabar una contienda seria y comprometida contra sus deseos y pasiones. Si triunfa en esa batalla, saldrá libre de sí mismo y será fuerte no por vencer a los demás, sino efectivamente poderoso por vencerse a sí mismo. Habrá alcanzado entonces la victoria, la emancipación total, la plena libertad. Pero…

Published in: on 8 septiembre 2009 at 1:17 pm  Dejar un comentario  

LA TRANSMUTACIÓN MASÓNICA

TRANSMUTACIONPor Demolay

P ara los alquimistas materiales, la Gran Obra era la transformación de los metales groseros en oro. Para los alquimistas esotéricos o espirituales, la Gran Obra era y es el sabio manejo de los sentimientos, los deseos y las emociones para proporcionar al operario la sublimación de su alma y proyectarla a las esferas de la Divinidad. Para los Rosacruces, la Gran Obra consiste en convertir la cruz en Rosa Mística. Para los masones, la Gran Obra consiste en transformar la Piedra en Bruto en Piedra Cúbica o perfecta, de modo que ésta pueda ser acoplada en los Planos de Construcción del Gran Arquitecto del Universo.

En general, todo proceso iniciático no tiene otro fin que transformar a quiénes participan en él. La iniciación, ya sea vista en su aspecto ceremonial o ya como un proyecto de vida que culmina con la muerte, busca que los sujetos operantes experimenten cambios significativos de modo que modifiquen el sentido de sus respectivas existencias, que rectifiquen su percepción de la realidad y que sus conductas se orienten hacia las formas más elevadas de la convivencia humana. La paz y la espiritualidad emanadas de la experiencia interna son la natural consecuencia de la iniciación real y efectiva.

La masonería es una Orden iniciática debido a que centra su actividad no solo en una ceremonia de ingreso denominada «iniciación», sino fundamentalmente porque sus enseñanzas emanan del simbolismo de la vida y de la muerte, porque el progreso dentro de ella es gradual y conduce al sujeto a evoluciones internas que le permiten alcanzas estadios de conocimiento hasta lograr la perfección. Para la masonería, la Luz significa el “conocimiento de nuestros deberes hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes”. Y esta Luz es el resultado de una experiencia interna ciertamente transmutante que se inicia, simbólicamente, cuando el Experto nos prepara para la primera fase del ceremonial iniciático, nos venda los ojos, nos hace bajar a las catacumbas y escribir a la luz de una lámpara sepulcral lo que pensábamos de nuestros deberes hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes, para finalmente escribir nuestra “última voluntad”.

Cuando el Experto nos deja “ni desnudos ni vestidos” y nos despoja de nuestros metales y alhajas, nos está preparando para la siguiente fase del ceremonial iniciático, de modo que podamos presentarnos al Templo para recibir las pruebas del aire, el agua, el fuego y la tierra y enseñarnos el sentido de la moral masónica, centrada en el dominio de nosotros mismos por medio de la virtud y en el enfrentamiento valeroso de los avatares de la vida. El Experto nos sepulta en las entrañas de la tierra para enseñarnos que debemos morir para el vicio, los errores y las preocupaciones y vivir solo para la virtud. Nos puso ahí para que eternamente llevásemos en nuestra memoria que debemos socorrer física y moralmente a quien vive en la miseria, pues la filantropía es una cualidad inseparable del masón, ya que para él nada valen las riquezas comparadas al honor, pues los metales y las prendas engalanan ciertamente a los viciosos. Nos puso una venda y una cuerda, la primera emblemática de la ignorancia, y la segunda de que éramos esclavos de nuestras pasiones e instrumento de astutos explotadores.

Entonces, cuando hemos pasado las pruebas de la iniciación en el marco del bello, sublime y a la vez profundo simbolismo en que se nos inmersa, salimos de ella renovados, modificados, transformados, y por ello se nos denomina «neófitos», esto es: “Acabados de nacer”, pero sobre todo, adherido a una causa e incorporados a una Orden fraternal y de estudios que no persigue sino elevarnos a la altura de nuestro Creador. En masonería la transmutación consiste precisamente en eso: mudar o convertir algo en otra cosa. Se transmutan la materia prima para convertirla en bienes intermedios o finales, pero también se transmutan los hombres en sí mismos.

Los seres humanos estamos llamados a cambiar y a no ser siempre los mismos. Progresar y evolucionar son formas positivas del cambio. El cambio define la vida y la existencia de todo porque significa movimiento, acción, pensamiento que se transforma en acción. La educación es por sí misma trasmutante porque modifica a los individuos abriéndoles los ojos para que se despojen del fanatismo, la hipocresía y la ambición; la educación nos conduce del estado salvaje al estadio de civilización. La educación es transmutante. Las sociedades cambian, porque cambian los hombres y sus relaciones, y a menudo la causa más eficaz de los cambios es la educación y no las revoluciones ni la violencia.

El humanismo nos dice que si el hombre desea cambiar, cambia; si quiere dejar de ser piedra tosca para convertirse en cúbica, lo hace y lo logra. También nos dice que si las cosas las empezamos a ver de otra forma, cambian. Los hombres debemos liar los bártulos permanentemente, cambiar la casaca y ser otros hombres. Si nosotros cambiamos, cambia nuestra realidad. Hay seres que en el mundo viven en perpetua congoja, dominados por el desmayo, la fatiga, la angustia y la aflicción. Creen que el mundo se les viene encima y que no hay salidas adecuadas. Necesitan ver las cosas de otro modo, necesitan transmutar la percepción que tienen de la realidad por más oprobiosa que ésta sea, y seguramente estarán dando los primeros pasos para propiciar el cambio en ellos mismos y el subsecuente cambio en sus propias realidades.

El mundo es como somos nosotros, por eso es que si queremos cambiar el mundo, primero debemos cambiar nosotros. Pero ¿con qué tiene que ver todo esto? Pues tiene que ver con la transmutación. ¿Dónde opera la transmutación? La transmutación opera dentro de nosotros mismos, en el crisol de nuestra alma y de nuestra psique y somos nosotros los agentes activos y pasivos de nuestra propia transmutación.

La transmutación esta permanentemente con nosotros, solo necesitamos bajar a nuestras propias catacumbas, ver dentro de nosotros mismos, despojarnos de nuestros metales, telarañas y estorbos mentales y emerger sin la venda, ver la vida de otro modo.

Published in: on 3 septiembre 2009 at 12:26 pm  Dejar un comentario  

DICE JOSEPH FORT NEWTON

La Masonería no es un Templo de Misterios ni un depósito de rituales, ni un reformatorio de delincuentes, ni una oficina de asistencia social, sino el dichoso, tranquilo, refinado e intelectual hogar de hombres de buena voluntad y recto criterio, de hermanos y no esclavos, de hombres de claro entendimiento y templado ánimo, de jóvenes y viejos que atraídos por una magnética afinidad de asociación se unen en un compañerismo muy superior a las multitudes gregarias. Son hombres que actúan en un mundo de moción y emoción, de aspiración y deliberado progreso, que llegan a conocerse íntimamente unos a otros en estrecha y familiar asociación, convencidos de que la fraternidad humana comienza con la completa virilidad del individuo…

Published in: on 2 septiembre 2009 at 5:56 am  Dejar un comentario  

EL TRABAJO DEL APRENDIZ

Por Demolay

Durante la ceremonia de Iniciación, inmediatamente finalizaCANTEROS TALLANDOda la instrucción que el aprendiz recibe del hermanos Experto, el Maestro de la Logia le ordena realizar su primer trabajo sobre la piedra bruta. Es conducido entonces al pie de las gradas del Oriente y el experto le hace poner la rodilla derecha sobre la primera grada, le da un martillo y un cincel y le enseña como golpear la Piedra Bruta por tres veces. Todo el trabajo del primer grado esta condensado en este pasaje de la ceremonia de Iniciación que, como cualquier otro momento del ritual, contiene en sí mismo la instrucción de qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo y nos da material suficiente para la reflexión y modelo para la acción. Además del simbolismo que contiene, es claro y rotundo el mensaje: Hay que hincarse sobre la rodilla derecha, es decir, hay que doblegar nuestro orgullo, como primer paso en el ascenso por las gradas del conocimiento. Hay que replegarse sobre uno mismo, casi en postura fetal, comenzando por el principio. Hay que aislarse de lo que constituye el mundo exterior, de espaldas a occidente. Nuestro trabajo ha de estar orientado hacia nuestro firme propósito, mirando a oriente. Hay que concentrar toda nuestra atención en la piedra, dándole a este trabajo una prioridad absoluta. Hay que usar el Mazo y el Cincel, la fuerza y la sutileza, la voluntad y la inteligencia, nuestra mano izquierda y nuestra mano derecha. Y hay que golpear por tres veces, hay que visitar los extremos, la polaridad, antes de encontrar el punto de equilibrio. Este es el trabajo básico del masón, el acto primordial sin cuya ejecución ninguna otra promesa de realización puede hacerse efectiva. No puede ser sustituido por ningún otro trabajo físico o intelectual y es la puerta en gesto y en escena de la máxima CONÓCETE A TI MISMO, lo que no puede lograrse más que en el interior de uno mismo.

Published in: on 30 agosto 2009 at 1:31 pm  Dejar un comentario  

DISCRECIÓN Y SECRECÍA EN LA ORDEN MASÓNICA

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El comportamiento dentro y fuera de Logia

En la Orden masónica existen documentos muy antiguos que constituyen la base del comportamiento de los miembros de la Fraternidad. The Old Charges —Los Antiguos Cargos o Deberes— promulgados por la Gran Logia de Inglaterra y escritos por James Anderson contienen, desde 1723, las bases generales de conducta del masón, tanto en lo religioso como en lo político y en su comportamiento dentro y fuera de la Logia, entre masones, entre presuntos masones y entre extraños que no sean masones. Los conocidos como “Antiguos Cargos” o “Antiguos Deberes” (Old Charges) están compuestos por el material que ha sobrevivido hasta nuestros días de alrededor de ciento veinte documentos manuscritos referidos a normas y reglamentos que gobernaban el Arte y la Ciencia de la construcción gremial entre los arquitectos de la Masonería Operativa, esto es, aquellos masones que nos dejaron las catedrales góticas, auténticos libros de espiritualidad en piedra.

 El tema central de este trabajo esta relacionado con la discreción de los miembros de la Logia. En este sentido, es menester recordar que los iniciados hemos prestado solemne juramento, bajo palabra de honor, de guardar discreción de todo lo visto y aprendido en la Logia y de todo lo que se ve o pudiéramos llegar a ver en lo futuro. El documento de Anderson nos dice al respecto:

Conducta para cuando los hermanos se reúnen sin extraños, aunque no en una Logia constituida.

Cuando seáis presentados, tenéis que saludaros de forma educada diciéndoos Hermano y os daréis libremente mutuas instrucciones si lo consideráis conveniente sin ser vistos ni escuchados, sin abrumaros ni faltar al respeto que se debe a un hermano, aunque no sea masón. Y dado que todos los Masones son hermanos bajo el mismo nivel, la Masonería no quita ningún honor a nadie que le haya estado otorgado previamente, sino que más bien se le añade, especialmente si los ha merecido dentro de la Fraternidad que otorga honores a quien se los merece; así mismo, deben evitarse las malas maneras.[2]

Este precepto aborda el sentido de la educación y la caballerosidad que debe predominar entre los masones. El trato debe ser respetuoso y educado, sin bromas de mal gusto que puedan poner en entredicho el afecto y la fraternidad entre los miembros de la Logia. Entre nosotros, los burlistas y los guasones de mal gusto no son bien vistos, y su comportamiento suele introducir un clima de irreverencia que bien pude contribuir a enturbiar el ambiente de amistad y fraternidad entre los masones.

Conducta en presencia de EXTRAÑOS no masones.

Hablaréis y os conduciréis con precaución y circunspección, de manera que el extraño más atento no descubra o adivine nada que no convenga hacerle saber; alguna vez habréis de desviar una conversación y serviros de la prudencia por el honor de la venerable Fraternidad.

Es una pésima costumbre hablar de los asuntos masónicos fuera de la sesión de la Logia, es decir, al margen de los trabajos formales de la Logia. En cafés, bares y restaurantes, los masones debemos referirnos a los asuntos masónicos con extrema cautela, de modo que los extraños o profanos jamás se enteren de los asuntos propios de la Logia. La expresión “llueve” debe decirse con discreción cuando, hablando de asuntos masónicos, advirtamos que se aproximan extraños no masones.

Conducta en el HOGAR y entre el vecindario.

Habéis de actuar tal como conviene a un hombre sabio y de buenas costumbres; especialmente nadie de vuestra familia, amigos y vecinos, han de ser conocedores de todo aquello que hace referencia a la Logia; tenéis que conservar con sensatez vuestro propio honor y el de la antigua Fraternidad por motivos que no hace falta mencionar aquí. Al mismo tiempo, debéis conservar vuestra salud no quedándoos reunidos hasta demasiado tarde o pasar demasiadas horas lejos de casa una vez cerrados los trabajos de la Logia, evitando la tragonería y la embriaguez para no abandonar o perjudicar vuestras familias ni resultar incapacitados para vuestro trabajo.

La Logia es para los masones, y ni siquiera los amigos, e incluso nuestros familiares, deben enterarse de las cuestiones íntimas de la Logia, sus asuntos, rituales, ceremonias o secretos. Nuestras pláticas deben estar animadas de cautela y sigilo. Muchos masones suelen ser descuidados y dejan sus libros y liturgias a la curiosidad de hermanos carnales, primos, esposa o hijos. Muchas veces hasta la comadre o la servidora doméstica saben de las cuestiones de la Logia por la indiscreción de los masones.

Conducta hacia un hermano extranjero.

Tenéis que examinarlo de la mejor manera que la prudencia os indique con el fin de no ser engañados por un falso e ignorante pretendiente, al que rechazaréis con mofa y menosprecio y con cuidado de no comunicarle ningún detalle de ningún conocimiento.

Pero si encontráis que un hermano es auténtico y sincero, le tenéis que mostrar el respeto debido, y si se encuentra en una necesidad tenéis que auxiliarle, según vuestras capacidades, o indicarle como se le puede ayudar; tenéis que darle trabajo durante unos días o recomendarlo a quien pueda contratarle. Pero no tenéis obligación de ir más allá de lo que os permitan vuestras posibilidades, y más bien debéis preferir a un hermano pobre que sea hombre de bien y leal antes que otro pobre en las mismas circunstancias.

Nadie que no sea examinado en antigua y debida forma debe ser reconocido ni admitido como masón, así sea portador de papeles o credenciales. Cuando comprobamos que el pretendiente no es masón, debemos despreciarlo con escarnio y menosprecio porque él ha pretendido engañarnos. En las Logias corresponde al Guarda Templo la función de retejar a los extraños, y por eso este puesto debe ser siempre cubierto por un Maestro masón debidamente instruido en las formas de reconocimiento de los tres grados del Antiguo Gremio o Masonería Azul. En cambio, al hermano masón auténtico debemos prodigarle todo género de atenciones pero nunca más allá de lo que permitan nuestras posibilidades.

La Masonería se basa en el mutuo reconocimiento y también en el mérito recíproco, y siempre la bilateralidad será la marca esencial de nuestras relaciones en Logia. Quién da tiene derecho a recibir; nunca será bien visto entre nosotros aquél que solo llega a pedir y a exigir invocando la fraternidad de forma obligada sin corresponder ni a la Logia ni a los hermanos lo que viene a pretender. Respecto del secreto, debemos distinguirlo de la discreción o del sigilo. Tanto la discreción como el sigilo son una actitud interna y personal de conservar para nosotros lo que nos ha sido dado con esa consigna. Durante la Iniciación se nos preguntó: “Si para aseguraros de vuestra discreción os pidiéramos que nos revelarais algún secreto de alguno de vuestros allegados o amigos ¿consentiríais en hacerlo? Nos complace escuchar que el candidato responde que NO, porque eso nos asegura que sabrá conservar para sí lo que aquí le confiamos. En cambio, el SECRETO MASÓNICO alude a la naturaleza de las cosas, a las cosas en sí. El cahier del Aprendiz dice:

Es inviolable por su naturaleza, y se conserva hoy tan puro como cuando se encontraba en los templos de la India, de la Samotracia, del Egipto y de la Grecia. El que no estudia cada uno de nuestros grados, no comprende bien sus símbolos y explica su oculto significado, podrá vanagloriarse con los títulos pomposos de Maestro, hacer señas más o menos extravagantes y pronunciar palabras judío-bárbaro-helénicas, pero no será nada, ni sabrá nada que ignore cualquiera de mediana educación, mientras que el que los haya comprendido dominará con su secreto los hombres y las cosas.

 


[2] Tomado del Libro de las Constituciones de 1723, promulgado por la Gran Logia de Inglaterra y redactado por James Anderson por mandato del Gran Maestro George Payne.

[3] Cahier  del Grado de Aprendiz, Gran Logia Unida Mexicana de Veracruz, p. 73.

Published in: on 30 agosto 2009 at 8:34 am  Dejar un comentario  

EL RECONOCIMIENTO EN LA MASONERÍA

Por DemolayCOWANS

La legislación masónica que da sustento a las Obediencias Regulares se respalda en los Landmarks o Antiguos Límites de la Francmasonería, de donde se obtiene que éstos constituyan fuentes del derecho masónico. La lista de “Antiguos Límites” presentada por el Dr. Albert Gamaliel Mackey es sin duda la más reconocida y aceptada, pero también es la más controversial en el seno de la Orden debido, esencialmente, a su inconsistencia. Habrá de admitirse que no hay unidad de criterio entre los tratadistas de la Masonería acerca de la unicidad, definición y determinación de los citados Límites. Algunos autores, como José González Ginorio , sostienen que un precepto solo debe ser aceptado si es efectivamente antiguo en la tradición gremial de la Masonería; en contraste con esta opinión, muchos de los enunciados del doctor Mackey no son evidentemente Antiguos Límites o Landmarks, por la sencilla razón de que no son antiguos, sino modernos, como es el caso de todos los enunciados que Mackey refiere a la Gran Logia y al Gran Maestro, ya que la Gran Logia —y en consecuencia el Gran Maestro— son una construcción jurídica de las Constituciones de 1723. Nunca antes de esta fecha las Logias fueron gobernadas por federaciones denominadas Grandes Logias, y por tanto, no tuvo antes la Hermandad Grandes Maestros, sino hasta después de 1723. Luego de muchas disquisiciones entre los investigadores y comentaristas, entre ellos Walter Cox Learche y el propio González Ginorio, así como los estudiosos de la Research Lodge Ars Quoatour Coronati (AQC), se ha llegado a la conclusión de que el listado de Mackey, si bien es el más famoso y observado, no es sin embargo el que más satisface el espíritu de la verdad, ni tampoco el que más contribuye a la unidad de la Orden.

LOS LANDMARKS Y EL RECONOCIMIENTO

En principio, y antes de citar los Antiguos Límites más coherentes, es menester enunciar que los Landmarks no son leyes ni normas, sino únicamente preceptos que indican: 1. Un evento o acontecimiento que ocurrió en el pasado remoto de la Masonería, pero que la memoria humana no puede datarlo con precisión. Se trata de algo que tuvo que ocurrir y que hoy se toma como una línea de conducta a seguir. No necesariamente es algo antiquísimo, sino solo algo que ocurrió, pero que no se sabe en qué momento preciso. 2. Una característica que denota peculiaridad de la Masonería y que le define como lo que es, no pudiendo ser de otro modo, ni pudiendo ser otra cosa sino lo que es. Esta característica es una marca, una línea en el tiempo y en el espacio que constituye un punto de partida. Tanto como evento o acontecimiento y como característica, un Antiguo Límite o Landmarks se constituye en una marca fronteriza que acota la libertad de actuar en sentido contrario a él, ya que nos indica dentro de qué líneas debemos actuar, y hasta dónde podemos llegar sin salirnos del espacio consagrado por los citados Antiguos Límites. Dicho de otro modo, un Landmark marca y define lo que es masónico y lo que no es masónico.

LAS MARCAS O LINDEROS ANTIGUOS DE LA MASONERÍA

Bajo estas consideraciones, paso a citar los preceptos que, por su carácter universal, por su origen remoto y por su índole de inalterabilidad reclaman ser considerados como auténticos e irrefutables Antiguos Límites, Linderos o Landmarks en opinión de estudiosos de la Masonería. Tales son: 1. En todo tiempo la Hermandad ha tenido un carácter gremial. 2. En todo tiempo las Logias han tenido el carácter de gremios de constructores, albañiles, arquitectos o artífices. 3. En todo tiempo ha existido el precepto de que tres o más componen la Logia. 4. En todo tiempo el gremio —Logia— ha sido gobernado por un Maestro. 5. En todo tiempo ha sido costumbre de la Hermandad la Instalación de su Maestro con rituales y ceremoniales especiales. 6. En todo tiempo ha tenido la Hermandad un espíritu religioso (creencia en un Ser Supremo). 7. En todo tiempo ha creído la Hermandad en la existencia e inmortalidad del alma. 8. En todo tiempo ha tenido la Hermandad espíritu de Fraternidad. 9. En todo tiempo la Hermandad trabajo en secreto y ha tenido secretos. 10. En todo tiempo ha usado la Hermandad los instrumentos de trabajo del constructor para transmitir simbólicamente enseñanzas morales. 11. En todo tiempo ha existido la condición de igualdad entre los masones. 12. En todo tiempo ha tenido la Hermandad modos y medios de reconocimiento únicamente entre los masones. 13. En todo tiempo los fundamentos de los ritos y ceremonias de la Hermandad han tenido un carácter de inmutabilidad e irrevocabilidad. 14. En todo tiempo la Hermandad ha tenido aprendices y francmasones (Fellow-crafts). 15. En todo tiempo solo han podido ser miembros de la Hermandad los hombres sanos, bien reputados y de edad madura. 16. En todo tiempo la Hermandad ha sellado la adhesión y fidelidad de sus afiliados por medio de juramentos u obligaciones moralmente grabadas. Muchos otros preceptos o indicaciones pueden agregarse, siempre que se reconozca su antigüedad, inalterabilidad y espíritu universal. Por ejemplo, la Leyenda de Hiram es moderna en el seno de la Masonería especulativa o de aceptación; ciertamente, su contenido simbólico y esotérico es inmemorial, tanto como su enseñanza iniciática y bien podemos ver que se la halla emparejada con símiles en otras culturas y latitudes. Pero, la Leyenda en sí, tal como le conocemos hoy día, bien pudo haberse incorporado en las Logias con la creación del Tercer Grado, probablemente hacia la primera mitad del siglo XVIII. Junto con la leyenda hirámica se incorporó también el contenido bíblico en que tal leyenda se fundamenta, y es probable que la presencia de la Biblia en los altares de la Masonería se haya hecho obligatoria precisamente por virtud del argumento que da forma al Tercer Grado. No obstante, siendo moderna la leyenda hirámica, constituye sin embargo un formato de universalidad que da forma y define el diseño y contenido escénico y simbólico de los rituales masónicos, especialmente del más antiguo de todos y que constituye el referente de todos los sistemas de ritualidad: el de Emulación.

EL ANTIGUO LÍMITE DEL RECONOCIMIENTO

El punto central de este trabajo es el Reconocimiento en la Masonería, pero no podría tratarse sin antes revisar los Landmarks, ya que el Reconocimiento constituye un Antiguo Límite de la Hermandad. Todos tenemos que aceptar que el reconocimiento es ley del universo, pues los entes en el cosmos se hallan regidos por leyes universales y unos a otros se reconocen por virtud de esas leyes. La Ley Universal de la Gravedad permite que los cuerpos atraídos se reconozcan; por su parte, las leyes que rigen la sociedad y la conducta humana emanan del reconocimiento, pues éste permite que las personas se sientan atraídas unas a otras, o bien rechazadas. Entre las Logias —de origen y tradición gremial— la aceptación supone el reconocimiento. Nadie es aceptado ni reconocido como masón sino es con base en el reconocimiento. No es una credencial, un pasaporte masónico o un recibo de pago de cápitas lo que en definitiva permite reconocer y aceptar a un individuo como masón. Si bien los signos de reconocimiento cumplen una función esencial en los códigos de la aceptación o del rechazo, del reconocimiento o del desconocimiento, lo cierto es que el verdadero reconocimiento entre los masones radica en el apego irrestricto a los Preceptos de la Regularidad. Por ello, las Logias antes de abrir sus Trabajos reclaman que éstas se encuentren cubiertas, lo cual implica que los Vigilantes hayan reconocido y aceptado a los presentes como masones. La Regularidad masónica es diferente de la legalidad y de la constitucionalidad de las organizaciones masónicas, y aún de los individuos. Las leyes no proclaman la Regularidad, sino al contrario, es la Regularidad la que sustenta la legalidad de los actos y organizaciones masónicas. La Regularidad proviene de la observancia de preceptos básicos reconocidos como remotos, inalterables y universales: los Landmarks. Una Logia, o un masón, pudieron haber nacido regulares y, con el tiempo, perder esa cualidad de regularidad por dejar ambos de observar los principios básicos de la Regularidad. La esencia del reconocimiento no radica en decir palabras o en ejecutar gestos y acciones rituales que actúan como códigos de aceptación, sino en aceptar «al otro» por lo que hace y por la forma en cómo se conduce en la ritualidad, la observancia masónica y en la eticidad personal y social. Por esta razón, un masón es o puede llegar a ser reconocido como tal no por ejecutar signos y tocamientos, sino porque sus hermanos le aceptan como tal, lo cual supone un sentido más profundo del reconocimiento. No obstante, y para efectos prácticos en el ámbito social de las Logias, es de aceptarse que el Landmark que dispone que en todo tiempo ha tenido la Hermandad modos y medios de reconocimiento únicamente entre los masones se refiere esencialmente al reconocimiento aceptado entre las Logias y entre los masones y éste se expresa por medio de signos y tocamientos, así como por otros gestos y actitudes rituales que son propios de las Obediencias. La universalidad de los modos del reconocimiento no existe, porque cada Gran Logia y cada sistema de Trabajo —The Working—ha llegado a tener los suyos propios, y estos a su vez han llegado a ser reconocidos por las distintas Obediencias regulares. Lo que si es universal es el Reconocimiento en sí. Por ejemplo, entre las formas enseñadas por el Ritual de Emulación, o Rito Inglés, hay diferencias sustanciales con las enseñadas por las Grandes Logias francesas y las que ellas han influido en América latina. Aún entre las propias Obediencias mexicanas pertenecientes a la Confederación de Grandes Logias Regulares hay diferencias de forma. Incluso en el seno de la Gran Logia Unida Mexicana las hay también en sus diferentes regiones a lo largo y ancho del Estado de Veracruz. Un caso notable de estas diferencias en las formas del reconocimiento entre los masones que forman los Supremos Consejos del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, lo marcan los acuerdos del Convento Universal de Lausana, Suiza, celebrado en 1875, pues en él los Supremos Consejos reunidos acordaron en una de sus sesiones que cada Supremo Consejo participante quedaba en libertad, no solo de acordar sus propios rituales para cada uno de los treinta grados del Rito, sino también de marcar sus propios modos de reconocimiento ritual o retejamientos. De este modo, resulta difícil aceptar que un masón escocés de Bélgica, Alemania o de los Estados Unidos pueda “reconocerse”, mediante signos y tocamientos, de modo fácil y expedito con un masón mexicano, no solo por las diferencias formales del ritual y del sistema de retejamiento, sino por la habitual nula instrucción de los masones mexicanos.

UNA CONCLUSIÓN

Lo que indudablemente es universal en la Masonería es el Reconocimiento en si como mecanismo de aceptación entre los masones. Sin embargo, los «modos de reconocimiento» no solo son diferentes en forma, sino que se hallan admitidos entre las diferentes Potencias u Obediencias masónicas Regulares en el mundo. Corresponde a cada masón —sobre todo si va a viajar al extranjero— estudiar los diferentes métodos de trabajo masónico —los denominados rituales o ritos— a efecto de poder ser reconocido y después admitido como tal en las Logias que visite. En consecuencia, la Regularidad de los masones y de sus Cuerpos es producto de la observancia de los Antiguos Límites, y esta observancia genera el reconocimiento en el mundo masónico. Pero además, es necesaria la aceptación en la comunidad masónica internacional, y esta deviene de la sujeción a criterios de origen, organización y constitucionalidad. Las organizaciones masónicas, a diferencia de las personas que forman las Logias, se reconocen como tales, hoy día, gracias a los pronunciamientos de la Gran Logia Unida de Inglaterra de 1929.

Published in: on 30 agosto 2009 at 8:11 am  Dejar un comentario